Mario
Gómez Jiménez, actual Director Social de la
Fundación Restrepo Barco, integrante de la Comisión
Negociadora con el Eln y candidato a la Defensoría
del Pueblo habló ampliamente, entre otros temas, de
su vinculación al trabajo por la defensa de los derechos
humanos, económicos, sociales y culturales; sobre el
papel de los gremios en temas como la paz; el de las ONG,
tanto en derechos humanos, como en el tema de política
social; y sobre la desconfianza que hay entre los grupos armados
irregulares y este gobierno que impiden que las negociaciones
de paz salgan del estado de marasmo en que se encuentran.
También vislumbró el papel que debe jugar la
Defensoría del Pueblo, no sólo en el marco del
conflicto armado sino en los diversos ámbitos sociales
del país
por
Alejo Vargas Velásquez
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Alejo Vargas: ¿Cómo inicia su trabajo en los
temas de paz y derechos humanos?, porque personalmente lo
conocí como secretario del Consejo Gremial durante
el gobierno del presidente Samper, pero evidentemente usted
ya tenía una trayectoria en todos estos temas.

Fotos Chano |
Mario Gómez: La vinculación
al tema de derechos humanos nace en 1987, en la Universidad
Javeriana, con mi tesis de grado “El concepto de paz
y el derecho a la búsqueda de la felicidad”,
dirigida por el presidente Belisario Betancur. Un trabajo
que buscó determinar conceptualmente cómo plantear
los derechos humanos y fundamentales que tiene un individuo
con el fin de construir caminos para que la sociedad y su
conjunto puedan avanzar hacia la consecución de mejores
niveles de convivencia pacífica. Para ese trabajo me
reuní con personas que participaron en el proceso de
paz durante el gobierno de Belisario Betancur, en el año
87.
Conversé con distintos sectores de la reinserción
y me empecé a vincular muy apasionadamente al asunto.
Luego, en 1992, como Vicepresidente Social de Fenalco y asesor
del Consejo Gremial en los temas de paz y derechos humanos,
empecé a trabajar muy afanosamente en la construcción
de una propuesta desde el sector privado, a explorar las condiciones
de reinserción productiva de los ex guerrilleros y
a apoyar, desde el ICBF, las condiciones de los niños
desvinculados del conflicto armado.
A.V.: Al presidente Betancur no
lo apoyaron los gremios; en los noventa hay un cambio a partir
del presidente Samper. Probablemente eso está ligado
a la propia crisis política del 8.000 y a que de alguna
manera se consideró al gobierno ilegítimo, entonces
los gremios comienzan a ser una especie de complemento y casi
sustituto del gobierno en muchas de las interlocuciones. ¿Cómo
ve este proceso a partir de ahí y del momento en que
usted se vincula a Fenalco?
M.G.: Yo lo ligo a otra cosa distinta. Creo
que los gremios al igual que las organizaciones sindicales
y sociales empiezan a tener un valor mucho más destacado
en los años noventa por todo el fenómeno del
tercer sector: de la sociedad civil y las organizaciones sociales,
que se revalorizan en la democracia, es decir, tienen un papel
mucho más fuerte con la posibilidad de incidir, de
coordinar, de concertar, de hacer tareas que de alguna manera
los partidos políticos venían haciendo.
Seguramente el énfasis que se le pone al suceso del
tercer sector hace que los gremios se cansen de seguir siendo
exclusivamente voceros de las materias tributarias y fiscales
y entonces decidan dar un paso hacia asuntos mucho más
grandes; entre otras cosas, porque tienen la responsabilidad
legal de hacerlo: tienen que estar en la junta del ICBF, del
Seguro Social, del Sena; entonces están forzados a
tener una posición frente al país desde el punto
de vista legal, político, a empujar temas nacionales
y no solamente sectoriales, además ven que los sindicatos
hacen lo propio.
A.V.: Sí, pero a mí
incluso algún dirigente empresarial me decía
una vez que eligieron a Pastrana: “ahora sí ya
nosotros no tenemos que jugar un papel, ahora sí es
el gobierno el que conduce”; especialmente en relación
con el tema paz. En sí lo que quiero ver es el protagonismo
de los gremios en relación con el tema paz.
M.G.: Más allá de la discusión
histórica sobre el papel de los gremios en el marco
del gobierno del presidente Samper, el protagonismo de los
gremios creo que tiene que ver con muchos temas; seguramente
las dos cosas pueden ser ciertas, un momento coyuntural y
una guerrilla que está cimentando toda su propuesta
de paz sobre la posibilidad de un diálogo y de una
interlocución con sectores sociales heterogéneos,
donde los empresarios tienen un espacio, los sindicatos, las
ONG, las organizaciones de mujeres y los trabajadores, entre
otros. Entonces llega el momento en que en esa coyuntura surge
un liderazgo empresarial y gracias a él se dio origen
también al Consejo Nacional de Paz, al Comité
Nacional de Paz y al Mandato Ciudadano por la Paz.
Sí, seguramente era un momento fértil para que
la sociedad colombiana encontrara un espacio para los temas
relacionados con la convivencia pacífica. Tiene que
ver con la crisis y con la audacia, pero también con
el momento y con el cambio de las reglas de juego político.
A.V.: ¿Cómo ve las
posibilidades de los procesos de negociación de paz
en este gobierno, teniendo en cuenta que su trabajo se vincula
de manera mucho más activa a la reunión de Maguncia
por su papel de Vicepresidente Social de Fenalco y como asesor
del Consejo Gremial?
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M.G.: En 1998 cuando se dan los acercamientos con el ELN ya
existe formal y legalmente el Comité Nacional de Paz
y éste necesitaba un asesor para efectos puntuales
de aproximar con cierta discreción los caminos de entendimiento
con el ELN. Entonces me piden que asesore las tareas particulares
y concretas del Comité Nacional de Paz en la búsqueda
de los contactos en Alemania. Yo viajo a Alemania y actúo
como asesor del Comité Nacional de Paz, durante un
tiempo largo, hasta que se concreta la reunión de Maguncia.
Después soy invitado a dicha reunión para cumplir
algunas funciones de asistencia y asesoría durante
todo el proceso, y luego al comité preparatorio, a
la convención nacional y a la comisión facilitadora
civil.
En ese marco había en aquel entonces mucha ilusión,
mucha expectativa, y la propuesta de tener un diálogo
y un entendimiento con sectores sociales diversos para conseguir
una propuesta de consenso unificada a través de una
convención nacional que pudiera concluir en unos acuerdos,
en unos compromisos, en unas ideas para empujarlas todas al
marco de una reforma constitucional, de una reforma legal
con participación del gobierno nacional, de los sectores
gremiales, de los sindicales y con el aval de la comunidad
internacional, se veía como una idea bien interesante
y novedosa; y también de alguna manera bien desordenada,
había que darle a eso orden y claridad.
Yo creo que hubo muchos errores después en el ámbito
nacional, pues el país es muy oscilante entre momentos
de gloria y de tragedia, las propuestas han carecido de gerentes
que conduzcan los temas con seriedad. Creo que también
la guerrilla ha obrado con mucha necedad frente a muchos temas
y por supuesto que no han dejado de cometer actos que menoscaban
los derechos de dignidad de las personas en el marco del Derecho
Internacional Humanitario, han cometido agresiones y las continúan
cometiendo de una forma muy dura. La participación
de la sociedad civil también ha sido muy extraña,
unas veces muy a favor y otras muy en contra.
No hay coherencia frente al fenómeno de la paz y el
conflicto armado. Yo digo cosas que suenan muy duras, pero
los mismos que a última hora trataron de recuperar
el espacio de diálogo en el Caguán y que estuvieron
empeñados de manera insistente en la solución
política negociada con las Farc no son muy amigos de
la solución política negociada con grupos armados
como las autodefensas y hay quienes también actúan
a la inversa. En esa dirección estamos divididos, admitimos
que las tesis de diálogo y reconciliación solamente
funcionan en un sentido y no en otro, o no pueden ser aplicadas
para ambos grupos armados.
A.V.: ¿La polarización
en el tema de la paz sigue incidiendo, sigue siendo un obstáculo
para que el horizonte de paz se pueda visualizar?
M.G.: Hay una cosa que me ha parecido dramática
y es lo que significa para muchos el proceso de paz. La derecha
más dura que lo concibe solamente como un proceso de
desmovilización, donde no hay una agenda de negociación
política sobre la idea de transformar, a partir de
un acuerdo; la insurgencia o la guerrilla, y algunos estamentos
de la política económica y social del país
que creen que todo debe satisfacerse a través de la
reinserción, que cumple por supuesto en darle a la
gente otro tipo de tratamiento legal a la situación
de vulneración de derechos en el marco de la confrontación
bélica en la que han participado y punto.
Entiendo que critiquen cualquier otra expresión del
modelo, porque sostienen que no es democrático tener
un proceso de negociación política en donde
10 personas del gobierno y 10 de la guerrilla resuelven el
problema por 44 millones de colombianos. Creo que en eso tienen
razón, pero son también muy duros en una política
de sólo reinserción como sinónimo de
paz. Entre tanto, al otro extremo de la mesa hay una izquierda
en algunos casos muy sensata, en otros casos difícil,
que piensa que lo que hay que hacer es tratar todo en la mesa
de negociación: desde el régimen de seguridad
social en salud hasta el sistema educativo, el modelo de intercambio
comercial con los EEUU, el ALCA y el derecho ambiental. Llega
un momento en que, por supuesto, es inviable pretender reformar
todas las instituciones en un hiper-mega-acuerdo.
Entonces uno encuentra que son posiciones muy extremas: la
de negociar todo o la de negociar nada y el camino intermedio,
que creo que es el que da luces, que es el que debería
ser explorado, no aparece claro.
A.V.: Probablemente debe pensarse
que para que todos acepten las reglas del juego de la democracia,
que debe ser el objetivo, hay que hacer ajustes y reformas
al funcionamiento de la misma, para que los que hoy consideran
que de repente no, que las reglas no son las mejores para
jugar, pues jueguen con unas reglas que sean más equitativas
para todos. Pero dentro de ese contexto su valoración
de las posibilidades de la paz es más bien pesimista,
no ve muchas posibilidades.
M.G.: Estoy de acuerdo en que no todo se
puede resolver en la democracia ni en la mesa de negociación,
hay que buscar intermedios y creo que la historia está
llena de ellos. Es necesario buscar los espacios donde nos
pongamos de acuerdo en unos temas, otros los postergamos para
la democracia y otros los resolvamos aquí y ahora,
porque tenemos en el aquí y en el ahora cómo
resolverlos. El gobierno puede hacer algún tipo de
planteamiento que le parezca razonable y sensato en relación
con la modificación de algunos aspectos de la política
social y ponerlos en práctica, creo que lograr ello
es también parte del consenso y eso está bien.
Pero sí, veo con mucha dificultad la situación
actual, porque creo que hay una desconfianza no infundada
entre los grupos armados irregulares y el gobierno. Yo creo
que el gobierno ha sentido que el avance generoso hacia un
diálogo útil podría darse en el marco
de un cese de hostilidades, mientras que la guerrilla, entiendo,
no ve un cese de hostilidades como inmediato, como precondición
viable para un diálogo y una negociación. Ahí
hay unos elementos muy complicados que tienen que ver con
la vida y la libertad de las personas que están involucradas,
en este conflicto, de manera desafortunada. Creo que es muy
difícil explorar un acercamiento a los dos modelos
que estábamos explicando hace un rato sobre reinsersión
como sinónimo de paz y negociación total; llegar
a un punto intermedio en medio de la democracia y la falta
de comunicación es muy difícil.
A.V.: Volviendo al tema humanitario
¿usted cree que hoy se puede seguir hablando de una
crisis humanitaria en Colombia, o cree que la situación
de derechos humanos, de respeto al DIH ha mejorado en los
últimos años?
M.G.: Considero que Colombia había
logrado indicadores sociales bien importantes en relación
con su progreso y desarrollo humano. En relación con
los temas de educación y salud hay unos indicadores
interesantes. Colombia había salido incluso de la lista
de países que merecen cooperación internacional
por el grado de pobreza; a pesar de que somos pobres la situación
es más dramática en otras partes.
Habíamos hecho también un consenso relativamente
armónico entre sectores sociales diversos para plantearnos
que la política de asistencialismo no era la mejor
en materia social, sin embargo la situación del desplazamiento
generada por el conflicto armado ha vuelto a hacer que el
asistencialismo parezca otra vez como inevitable.
El tema del secuestro se convierte, a mi modo de ver, en un
caso de emergencia humanitaria real y concreta, así
como otros fenómenos que están a la orden del
día, como el de las minas antipersonales. A pesar de
ello, como estábamos diciendo, ahora hay unos indicadores
que van en ascenso positivo en relación con el tema
del nivel de desarrollo medio que puede tener el país
en algunos sectores sociales, los cuales van avanzando y van
empujando. La reducción de los impactos en la población
civil de fenómenos como el mismo secuestro, la toma
de carreteras, el tema de lo que significa volver a garantizar
el derecho a la libertad de locomoción y otra serie
de cosas que están ligadas a las políticas de
seguridad, generan un sabor bien interesante como conclusión.
En algunos casos se ha aliviado la situación de la
población civil con la puesta en marcha de procesos
de seguridad y en otros casos esos procesos de seguridad deben
ser objeto de un auscultamiento permanente para que no se
genere con ello ningún nivel de exceso.
A.V.: Pero ahí lo que uno
parece encontrar es un cambio en el mediano plazo. Uno podría
decir que en algunos tipos de delitos o de violaciones la
situación pareciera mejorar, y digo no sólo
en este gobierno, en los últimos años, pero
en otros por el contrario se mantiene la preocupación.
Independiente de temas como el secuestro que sigue siendo
una barbaridad, hay algunos indicadores que muestran una disminución,
así sea pequeña, pero hay una disminución
del fenómeno.
M.G.: El conflicto armado produce una serie
de violaciones al DIH y a los derechos de la población
civil en algunas confrontaciones que son cada vez objeto de
nuestro análisis. En algunos casos se ha logrado aminorar
el impacto de esas vulneraciones en la población civil
y en otros casos aparecen nuevos actores, como víctimas,
o nuevas víctimas de la población, como el caso
de las minas antipersonales. Si uno se pone a mirar, es un
poco absurda la manera como en Colombia se van conociendo
sus propios pesares en el marco del conflicto armado, por
ejemplo los casos de los niños vinculados a éste
o el de las minas antipersonales. Hay otros eventos, como
el secuestro que por supuesto ha sido muy patético,
que ha sido objeto de mucho más análisis y sin
embargo solamente hasta ahora se ha logrado resolver parcialmente
y en porcentajes ínfimos. Hay situaciones que no son
derivadas del conflicto y que tienen que ver con otro tipo
de entronques, que son derechos fundamentales: el tema de
la educación, el tema de la salud, el tema de la mujer,
el tema de las comunidades indígenas, el tema de las
negritudes; yo creo que en el país lo que hay es una
gran ignorancia sobre lo que está pasando.
A.V.: ¿Cómo analiza
y valora el papel de las ONG, tanto en el tema de derechos
humanos, como en el tema de política social?, ONG que
por supuesto, y sobre todo en este gobierno, han tenido una
gran controversia, han sido si se quiere objeto de un debate
público muy fuerte por las posiciones que ha tomado
el gobierno en algunos momentos.
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M.G.:
Es urgente emprender un proceso que elimine la polarización
tan aguda que existe entre distintos sectores, en relación
con el papel que cumple el gobierno o que cumplen las ONG
en el tema social y tratar de generar diálogos fructíferos
y útiles, encaminados a la comprensión de las
soluciones de los problemas sociales. Sería muy importante
avanzar en ese diálogo entre las ONG y el gobierno
nacional, la cooperación internacional, los académicos,
los partidos políticos y las iglesias, en relación
con fenómenos como el desplazamiento forzado. Creo
que en Colombia tenemos que superar en este momento los extremos
de la polarización y pasarnos a buscar espacios de
entendimiento que nos permitan buscar salidas a problemas
comunes.
Puede que no encontremos salidas en conjunto, pero tenemos
que mantener la armonía democrática. Tenemos
que buscar con mucho celo espacios de diálogo pacífico
que nos permitan resolver problemas o mantener diferencias
y disensos, pero en el marco del respeto. Y en ese sentido
creo que se puede avanzar mucho. Yo creo que incluso la Defensoría
del Pueblo podría desempeñar un papel bien importante
como punto de encuentro entre estos sectores: Gobierno, sectores
no gubernamentales y comunidad de cooperación internacional.
A.V.: ¿Qué papel le
ve a la Defensoría y cómo pensaría una
Defensoría si fuera el Defensor del Pueblo? ¿Haciendo
énfasis en qué?
M.G.: Siento que el país ve con mucha
atención el papel que puede cumplir un Defensor del
Pueblo en el marco de la confrontación armada que vive
Colombia, en algunos sectores sociales, y en algunos sectores
poblacionales con mayor vigor como consecuencia de las acciones
de los grupos armados irregulares; eso es inevitable.
Hay que buscar una manera seria, activa, pro activa que trate
de allanar los caminos para lograr un alivio en la población
civil a través del respeto irrestricto al DIH, pero
creo también que hay que decirle al país que
la Defensoría es mucho más que eso, que tiene
que ver con otra gran cantidad de temas, como por ejemplo,
la erradicación manual de cultivos ilícitos,
entre muchos otros. Hay que poner una Defensoría del
Pueblo con abogados encargados de los temas que tienen que
ver con la discusión jurídica de los derechos
fundamentales, con la revisión de los procesos de tutela,
con la participación en las acciones populares y de
grupo y con el papel en la Defensoría pública,
que es el abogado que el Estado le asigna a una persona que
no tiene con que pagar un jurista para que lo defienda en
una causa penal.
Pero, también es una Defensoría de economistas,
es una Defensoría para trabajadores sociales, es una
Defensoría volcada a hacer procesos de valoración
y monitoreo de políticas públicas. La Defensoría
tiene que estar atenta a que, en términos macros, se
protejan los intereses de la vida cotidiana de las personas.
A.V.: ¿Usted se siente capaz
de velar por aquellos que están siendo afectados en
sus derechos fundamentales de cualquier manera, pero además
capaz de dialogar con una comunidad internacional para canalizar
recursos a favor de la garantía de ésta serie
de derechos?
M.G.: Estoy convencido de que mi hoja de
vida esta ahí para que sea objeto de estudio por parte
de la Cámara de Representantes, que es el órgano
constitucional encargado de efectuar la elección. Creo
que los organismos de cooperación internacional están
muy atentos a darle la mano a Colombia en asuntos humanitarios
y en asuntos de desarrollo social. Creo que se requiere en
la Defensoría del Pueblo una persona que esté
en capacidad de mantener esa interlocución fluida con
el sistema de Naciones Unidas, con la comunidad internacional,
con las organizaciones sociales, con los partidos políticos,
con el Congreso de la República y con otras instancias
que hacen parte de las agencias estatales de control. Creo,
sin duda, que estoy en condiciones de hacer un trabajo serio,
responsable, importante y laborioso.
A.V.: ¿La opción,
entonces, que le ofrece usted al país, es la de un
defensor del Pueblo muy sensibilizado en términos de
lo social y un ayudante, si se quiere un trabajador, en la
búsqueda de la paz?
M.G.: Hay que tender un puente de entendimiento,
de encuentro, entre distintas concepciones de la política
social para que la Defensoría sea garante en los derechos
fundamentales, en la vida cotidiana de las personas, en su
situación de educación, salud y todo lo que
tiene que ver con la vida elemental de todos los días
y todas las horas: en el medio ambiente, en los temas que
tienen que ver con la mujer, con las poblaciones afro colombianas,
con las poblaciones indígenas, con la preservación
cultural. Por supuesto, también en el marco del conflicto
armado, hay que convertirse en un tozudo profesional encargado
de buscar procesos de respeto irrestricto al DIH.
La idea es generar un proceso de concertación social
muy amplio, tratar de hallar caminos para que se respete el
DIH en el marco de la confrontación bélica,
hacer una gran campaña pedagógica para promover
los derechos vivos en la gente y hacer ese trabajo desde allí,
desde la Defensoría.
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