El
Encuentro Internacional de Presupuesto Participativo
dejo ver que “cualquier” participación
de la ciudadanía en la elaboración de
una parte de los presupuestos públicos no le
otorga a una práctica el rótulo de “presupuesto
participativo”. La coyuntura de la formulación
participativa de los Planes de Desarrollo Municipales
y Departamentales es una nueva oportunidad para que
ciudadanos y la comunidad participen activamente
en la construcción de las políticas
públicas locales y para que construyan, junto
con los gobernantes, una cultura de planeación
participativa.
Este es el gran reto
de los Consejos Territoriales de Planeación
y del Sistema Nacional de Planeación
por Ricardo Villamarín
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Aprovechando
la convocatoria al Encuentro Internacional de Presupuesto
Participativo, realizado en Bogotá los días
13 y 14 de noviembre, el proyecto “Terra Incógnita”
de la Defensoría del Pueblo propició un espacio
de encuentro de consejeras y consejeros de planeación,
los días 15 y 16 del mismo mes, para hacer algunas
reflexiones sobre la situación de la planeación
participativa de las entidades territoriales en general, y
el estado del Sistema Nacional de Planeación en particular,
a propósito de la coyuntura del primer bimestre del
año 2004 con la renovación de los Consejos Territoriales
de Planeación y la formulación de los nuevos
Planes de Desarrollo 2004-2007.
La experiencia ha demostrado que estas dos actividades (la
renovación de los Consejos Territoriales de Planeación
[ctp] y la formulación de los planes) no han sido entendidas
como parte esencial de un mismo proceso de planeación
participativa (la una referida a los actores y la otra a los
productos), sino como momentos aislados y diferenciados, guiados
por la normatividad definida por la Ley 152/94.
Así, tanto la motivación de la comunidad para
participar en el espacio de concertación de la planeación
participativa entre el Estado y la Sociedad Civil (los ctp),
como la misma formulación del Plan de Desarrollo, responden
más a lógicas formales que reales. Se hacen
para llenar un requisito de ley, en un momento determinado,
pero no se asumen como un aspecto fundamental de un proceso
continuo y permanente.

Foto
Luis Barros Pavajeau |
En este contexto, la renovación se torna en un procedimiento
mecánico e instrumental, donde poco participan los
mismos Consejos de Planeación, y no se valora como
una oportunidad para avanzar en la construcción participativa
y concertada de políticas públicas de largo
plazo que orienten el desarrollo planificado del territorio,
profundizando la democracia y fortaleciendo la gobernabilidad.
De otro lado, los planes de desarrollo son por lo general
formulados por asesores externos o por actores que no continúan
vinculados con la administración pública, presentándose
una ruptura en el proceso: unos son los que formulan (consultores);
otros dan un concepto (los ctp); otros deciden los presupuestos
(los Concejos o las Asambleas) –que es donde finalmente
se concreta el Plan de Desarrollo–; unos pocos controlan
y casi nadie evalúa ni sistematiza la experiencia.
El resultado es similar al “tormento de Sísifo”
de la mitología griega, personaje condenado eternamente
a subir una inmensa roca a la cima de una montaña y
cuando finalmente llegaba ésta se rodaba a su lugar
inicial. Así, cada tres años (y próximamente
cada cuatro), nos vemos abocados a la práctica de la
formulación de los Planes de Desarrollo municipales
y departamentales, tal vez muy bien intencionados, tal vez
muy bien documentados, pero sin un hilo conductor y sin articulación
con las dinámicas y las prácticas de las comunidades;
es decir, desligados del mundo, de la vida.
La formulación de los planes de desarrollo, en términos
generales, no tienen en cuenta las lecciones derivadas de
la ejecución de los planes anteriores, tornando cada
experiencia en “única” e “irrepetible”,
reforzando las posiciones mesiánicas que animan en
buena medida nuestras campañas electorales.
Para superar estas inconsistencias en la planificación
del desarrollo territorial es fundamental promover la participación
conciente y organizada de la sociedad civil.
Esta es una de las razones por las cuales el nuevo paradigma
de la administración pública se fundamenta en
la mayor participación ciudadana en las decisiones
públicas, en una mayor corresponsabilidad entre el
Estado y la Sociedad Civil, y en una devolución efectiva
de poder al constituyente primario.
Justamente el Encuentro Internacional de Presupuesto Participativo
permitió evidenciar que cualquier participación
o consulta a la ciudadanía en la elaboración
de una parte de los presupuestos públicos (y más
si es esporádica y coyuntural) no le otorga a una práctica
el rótulo de “presupuesto participativo”.
Los presupuestos participativos están ligados a una
práctica y a una teoría de la democracia participativa
que reconoce (de manera implícita o explícita)
la existencia de un proceso de planeación participativa
continuo y sistemático, donde el presupuesto es a la
vez punto de partida, punto de llegada, punto de seguimiento
y evaluación; y, por consiguiente, punto de tensión
dialéctica entre la democracia de participación
y la democracia de representación.
La paradoja nuestra es que la norma obliga a hacer los planes
de desarrollo de manera participativa, pero la decisión
de los presupuestos es del resorte exclusivo de los escenarios
de la democracia representativa, desconociendo que el Plan
de Desarrollo está conformado por un componente general
y por un plan plurianual de inversiones sobre los que debe
descansar el presupuesto de la inversión pública.
La coyuntura de la formulación participativa de los
Planes de Desarrollo Municipales y Departamentales, se convierte
en una nueva oportunidad para que los ciudadanos y la comunidad
participemos activamente (como un derecho-deber) en la construcción
de las políticas públicas locales; para que
podamos avanzar en la construcción de una nueva relación
entre gobernantes y gobernados (más democrático,
más incluyente y más deliberativo); pero sobre
todo, para avanzar –sin prisa pero sin pausa–
en la construcción de una cultura de la planeación
participativa que no es un problema de velocidad sino de resistencia,
de insistencia y de persistencia. Este es el gran reto de
los Consejos Territoriales de Planeación.
Por último, no hay que olvidar que esta coyuntura es
también una oportunidad para hacer una nueva lectura
de nuestro ordenamiento territorial, para redescubrir y repensar
la geopolítica de nuestros territorios, desde una óptica
más integral y holística que permita superar
las visiones sectoriales por las que ha transitado nuestra
cultura planificadora y que nos ha impedido avanzar en la
apropiación social de nuestros territorios.
La experiencia del proyecto “Terra Incógnita”
de la Defensoría del Pueblo es un buen ejemplo de cómo
empezar a entender las lógicas del desarrollo de nuestras
entidades territoriales, sin perder de vista las dinámicas
externas de los procesos globalizadores.
Tal vez hay que invertir el paradigma de “pensar globalmente
y actuar localmente” que se impuso en la década
de los noventa, propia de la visión hegemónica
de una aldea global, hacia uno que nos permita “pensar
localmente y actuar globalmente”, reivindicando desde
nuestros territorios nuestras diversidades, nuestras diferencias,
nuestras idiosincrasias y nuestras culturas.

Foto Archivo La Esquina Regional |
Este
es el reto del Sistema Nacional de Planeación Participativa:
articular y dinamizar “el conjunto de relaciones entre
los consejos territoriales de los distintos niveles y el conjunto
de actividades que convergen en un proyecto colectivo de nacionalidad
multiétnica y pluricultural”. (Declaración
de constitución social del Sistema Nacional de Planeación
en el Primer Congreso Nacional de consejeras y consejeros
de planeación. Bogotá, Noviembre 28 de 1995).
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