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Bogotá,
como muchas de las ciudades del mundo, es un territorio en
el que se pueden abrir cientos de ventanas y detrás
de cada una se esconde, sin duda, una historia. Llevamos muchos
años viendo la ciudad, recorriéndola, acercándonos
a esos callejones que no van para ningún lado, que
se pierden. Analizamos los relatos que surgen detrás
de un acontecimiento en el que el deseo se pudo realizar.
Buscamos esas ventanas que esperan a que un intruso las abra
para descubrir el horizonte que está del otro lado
Esos
territorios escondidos, invisibles. Hemos tratado de desentrañar
la ciudad desde lo intangible, desde esos atardeceres en el
que el color naranja se pierde sobre un azul intenso que solo
se puede apreciar en una ciudad a 2600 metros, en donde un
cielo abierto deja ver el ocaso al frente de una luna redonda,
entre el verde de los cerros tutelares.
Escenas, espacios, rostros, sonidos, olores: el murmullo de
la gente en el centro, los gritos, las conversaciones, los
vendedores ambulantes, los músicos. El Parque Simón
Bolívar en donde los destellos del sol se proyectan
sobre ese lago metido en medio de la ciudad. Las caras de
cientos de desplazados, nómadas o caminantes que a
diario llegan a la terminal de transporte, rostros en los
que se aprecia lo mestizo de nuestro territorio. Los rostros
de fe en Monserrate, en el 20 de Julio, con su olor a incienso,
en la peregrinación de todos los martes en la iglesia
de Santa Marta en Galerías, los fanáticos de
los nuevos cultos que se ocultan para sus ceremonias.
Hace un par de años publicamos, con Juan Carlos Pérgolis
y Luis Fernando Orduz, un texto que se acercaba a esas ventanas,
a esas escenas que quisimos congelar con las palabras.
Muchas de esas ventanas desaparecieron en el tiempo, otras
se mantienen. Nos preguntábamos por los fantasmas ¿Dónde
duermen los fantasmas? ¿En las casas viejas? ¿Dónde
están los fantasmas bogotanos? Tal vez en aquellos
lugares que recorrimos y que hoy sólo quedan como cimientos
en la memoria, o en esos otros rincones donde la memoria se
transforma y el recuerdo es un nombre. Estas fueron algunas
de las ventanas que abrimos:
Desde la Candelaria
Sobre el reflejo amarillo de las luces caen gotas de lluvia
y el viento congela los huesos de los transeúntes.
Estamos en lo alto de la calle y hacia abajo se ven otros
reflejos: carteles de neón, automóviles que
pasan por la Séptima. Es lunes y la tranquilidad del
día se continúa en la calle iluminada.
Bajo la llovizna, dos pasajeros del tiempo caminan con lentitud
en la noche bogotana; otras figuras los acompañan:
un actor de televisión; un grupo de extranjeros, otros
con ojos lunáticos. Las estatuas que se agrupan alrededor
de la pequeña plaza del Chorro de Quevedo, se confunden
en medio de la sombra y de la lluvia.
Dentro del carro hablo con una amiga, miramos la gente que
pasa. Aparece un rostro conocido que hace años no veo;
encuentro sorpresivo y sin pensarlo, esa imagen me saca de
la ciudad, me lleva de regreso a mi pueblo natal, Mosquera.
En el momento menos esperado Bogotá dispara una línea
hacia los más remotos puntos de fuga. Lugar de inmigrantes
y desarraigados, la ciudad reúne, sin saberlo, afectos
lejanos en encuentros transitorios. Bogotá, ciudad
de multiplicidades.
El Aleph
Sábado de quincena en San Victorino; la multitud se
sofoca entre los objetos en desorden, porque hoy es día
de promociones en el laberinto. Me dejo llevar por la corriente
que me arrastra entre carteras, bolsos y maletas relucientes;
cada tanto me ataja algún vendedor, pero la marea me
empuja más allá y me pierdo entre vajillas,
zapatos, ropas de colores y libros.
Paso al lado de una caseta azul donde, en medio de las portadas
borrosas de revistas viejas, está El Tao del amor y
del sexo chino; quiero detenerme a hojearlo pero es imposible.
Alguna vez quise tenerlo y entonces no se conseguía,
ahora que lo veo en oferta y cubierto de polvo, sigue siendo
inalcanzable. Más allá están los cuentos
de Abelardo Castillo, una novela de Bioy, relatos de Cela,
los volúmenes de la Enciclopedia Jackson. Paso los
dedos sobre sus lomos raídos y una sombra de nostalgia
me oculta la multitud que me arrastra en su vértigo.
Un amigo gira en un remolino que se formó más
allá de los manteles, las cobijas y las chaquetas impermeables.
Le hago señas, grito. Por fin viene hacia mí.
-Aquí está todo, es como el Aleph de Borges,
me dice. -No, respondo, El Aleph es apenas un punto. -¡Y
qué crees que es San Victorino en el universo! concluye.
La hora de las ventanas anaranjadas
Al atardecer el sol se proyecta sobre los vidrios del Centro
Internacional. Los destellos de luz, reflejados como la imagen
fantasiosa del espejo, invaden los ventanales de otros edificios
que no pueden ver la lenta caída del sol. Los habitantes
transitorios de estos lugares de trabajo, de oficinas, ven
una réplica del ocaso a través de esa proyección
gigantesca de espejos. Tarde de nostalgias, las imágenes
desplegadas invaden los espacios más inesperados.
La fascinación de la imagen del atardecer nos sirve
como pretexto para ingresar a la Bogotá de los reflejos;
los simulacros que hacen parte del encanto que puede producir
la ciudad, son espacios duplicados que nos transmiten una
imagen especial, porque la ciudad reflejada es también
la ciudad de la apariencia del otro como si fuera real.
En un charco
Las calles están repletas de charcos y la ciudad aparece
duplicada. Hay una Bogotá firme, sólida, dorada
por la luz tardía y otra temblorosa, más opaca,
vibrante, reflejada en el millón de fragmentos de espejo
que cubren las calles y las aceras después del chaparrón.
En uno de estos reflejos miro la vida de la ciudad, pronta
a deshacerse ante el menor movimiento: pasan dos hombres apurados,
casi corriendo, hablan y gesticulan, la corbata de uno de
ellos produce destellos en el charco, el otro agita un maletín;
pasa un grupo de muchachas, aún con uniforme de colegio
y el agitar de las faldas cuadriculadas convierte el plano
de agua en un pequeño mar; un niño en triciclo
se lanza decidido a quebrar las imágenes duplicadas
y la ciudad se agita en las ondas perfectas que deja la estela.
Cuando el agua se calma me veo en el reflejo; detrás,
aparece Bogotá enmarcándome con sus edificios
ya casi borrados por la hora. Durante unos pocos minutos,
la ciudad y yo fuimos un solo ser en el silencio del reflejo,
en el último momento de luz del día. Ahora comenzamos
a desvanecernos hasta desaparecer en la sombra.
Las ciudades que se reflejan en Bogotá
Una ciudad no puede repetir el modelo de otra, por eso Bogotá
no es —ni podría ser— imitación.
Nuestra ciudad es inédita aunque se nutre del simulacro,
porque éste tiene como objetivo fascinar.
Los nombres de algunos barrios son réplicas del nombre
de otras ciudades: Roma, Venecia, Niza, San Francisco, México,
Buenos Aires, pero su historia, su gente, su crecimiento son
la puesta en escena de un objeto real que no quiere ser reflejo
de los nombres que trajo de otras partes del mundo. Son solamente
nombres de nuestros lugares y si alguna vez fueron ecos de
otros, ya no lo son.
Por eso Bogotá no es el calco, es la tangente, la línea
que roza el mapa de otras ciudades para configurar su propio
croquis. El calco del mapa nos remite a la exactitud, a la
igualdad. La línea tangencial nos refiere apenas a
un punto de encuentro, a una derivación para construir
la propia historia; por eso, hay quienes dicen que la tangente
es la traición del modelo por seguir, el escape hacia
indefinidos puntos de fuga.
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