Bogotá, mil ventanas para abrir
 
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Bogotá, como muchas de las ciudades del mundo, es un territorio en el que se pueden abrir cientos de ventanas y detrás de cada una se esconde, sin duda, una historia. Llevamos muchos años viendo la ciudad, recorriéndola, acercándonos a esos callejones que no van para ningún lado, que se pierden. Analizamos los relatos que surgen detrás de un acontecimiento en el que el deseo se pudo realizar. Buscamos esas ventanas que esperan a que un intruso las abra para descubrir el horizonte que está del otro lado

por Danilo Moreno H.


Esos territorios escondidos, invisibles. Hemos tratado de desentrañar la ciudad desde lo intangible, desde esos atardeceres en el que el color naranja se pierde sobre un azul intenso que solo se puede apreciar en una ciudad a 2600 metros, en donde un cielo abierto deja ver el ocaso al frente de una luna redonda, entre el verde de los cerros tutelares.

Escenas, espacios, rostros, sonidos, olores: el murmullo de la gente en el centro, los gritos, las conversaciones, los vendedores ambulantes, los músicos. El Parque Simón Bolívar en donde los destellos del sol se proyectan sobre ese lago metido en medio de la ciudad. Las caras de cientos de desplazados, nómadas o caminantes que a diario llegan a la terminal de transporte, rostros en los que se aprecia lo mestizo de nuestro territorio. Los rostros de fe en Monserrate, en el 20 de Julio, con su olor a incienso, en la peregrinación de todos los martes en la iglesia de Santa Marta en Galerías, los fanáticos de los nuevos cultos que se ocultan para sus ceremonias.

Hace un par de años publicamos, con Juan Carlos Pérgolis y Luis Fernando Orduz, un texto que se acercaba a esas ventanas, a esas escenas que quisimos congelar con las palabras.

Muchas de esas ventanas desaparecieron en el tiempo, otras se mantienen. Nos preguntábamos por los fantasmas ¿Dónde duermen los fantasmas? ¿En las casas viejas? ¿Dónde están los fantasmas bogotanos? Tal vez en aquellos lugares que recorrimos y que hoy sólo quedan como cimientos en la memoria, o en esos otros rincones donde la memoria se transforma y el recuerdo es un nombre. Estas fueron algunas de las ventanas que abrimos:

Desde la Candelaria

Sobre el reflejo amarillo de las luces caen gotas de lluvia y el viento congela los huesos de los transeúntes. Estamos en lo alto de la calle y hacia abajo se ven otros reflejos: carteles de neón, automóviles que pasan por la Séptima. Es lunes y la tranquilidad del día se continúa en la calle iluminada.

Bajo la llovizna, dos pasajeros del tiempo caminan con lentitud en la noche bogotana; otras figuras los acompañan: un actor de televisión; un grupo de extranjeros, otros con ojos lunáticos. Las estatuas que se agrupan alrededor de la pequeña plaza del Chorro de Quevedo, se confunden en medio de la sombra y de la lluvia.
Dentro del carro hablo con una amiga, miramos la gente que pasa. Aparece un rostro conocido que hace años no veo; encuentro sorpresivo y sin pensarlo, esa imagen me saca de la ciudad, me lleva de regreso a mi pueblo natal, Mosquera. En el momento menos esperado Bogotá dispara una línea hacia los más remotos puntos de fuga. Lugar de inmigrantes y desarraigados, la ciudad reúne, sin saberlo, afectos lejanos en encuentros transitorios. Bogotá, ciudad de multiplicidades.

El Aleph

Sábado de quincena en San Victorino; la multitud se sofoca entre los objetos en desorden, porque hoy es día de promociones en el laberinto. Me dejo llevar por la corriente que me arrastra entre carteras, bolsos y maletas relucientes; cada tanto me ataja algún vendedor, pero la marea me empuja más allá y me pierdo entre vajillas, zapatos, ropas de colores y libros.

Paso al lado de una caseta azul donde, en medio de las portadas borrosas de revistas viejas, está El Tao del amor y del sexo chino; quiero detenerme a hojearlo pero es imposible. Alguna vez quise tenerlo y entonces no se conseguía, ahora que lo veo en oferta y cubierto de polvo, sigue siendo inalcanzable. Más allá están los cuentos de Abelardo Castillo, una novela de Bioy, relatos de Cela, los volúmenes de la Enciclopedia Jackson. Paso los dedos sobre sus lomos raídos y una sombra de nostalgia me oculta la multitud que me arrastra en su vértigo.

Un amigo gira en un remolino que se formó más allá de los manteles, las cobijas y las chaquetas impermeables. Le hago señas, grito. Por fin viene hacia mí. -Aquí está todo, es como el Aleph de Borges, me dice. -No, respondo, El Aleph es apenas un punto. -¡Y qué crees que es San Victorino en el universo! concluye.

La hora de las ventanas anaranjadas

Al atardecer el sol se proyecta sobre los vidrios del Centro Internacional. Los destellos de luz, reflejados como la imagen fantasiosa del espejo, invaden los ventanales de otros edificios que no pueden ver la lenta caída del sol. Los habitantes transitorios de estos lugares de trabajo, de oficinas, ven una réplica del ocaso a través de esa proyección gigantesca de espejos. Tarde de nostalgias, las imágenes desplegadas invaden los espacios más inesperados.

La fascinación de la imagen del atardecer nos sirve como pretexto para ingresar a la Bogotá de los reflejos; los simulacros que hacen parte del encanto que puede producir la ciudad, son espacios duplicados que nos transmiten una imagen especial, porque la ciudad reflejada es también la ciudad de la apariencia del otro como si fuera real.

En un charco

Las calles están repletas de charcos y la ciudad aparece duplicada. Hay una Bogotá firme, sólida, dorada por la luz tardía y otra temblorosa, más opaca, vibrante, reflejada en el millón de fragmentos de espejo que cubren las calles y las aceras después del chaparrón.

En uno de estos reflejos miro la vida de la ciudad, pronta a deshacerse ante el menor movimiento: pasan dos hombres apurados, casi corriendo, hablan y gesticulan, la corbata de uno de ellos produce destellos en el charco, el otro agita un maletín; pasa un grupo de muchachas, aún con uniforme de colegio y el agitar de las faldas cuadriculadas convierte el plano de agua en un pequeño mar; un niño en triciclo se lanza decidido a quebrar las imágenes duplicadas y la ciudad se agita en las ondas perfectas que deja la estela.

Cuando el agua se calma me veo en el reflejo; detrás, aparece Bogotá enmarcándome con sus edificios ya casi borrados por la hora. Durante unos pocos minutos, la ciudad y yo fuimos un solo ser en el silencio del reflejo, en el último momento de luz del día. Ahora comenzamos a desvanecernos hasta desaparecer en la sombra.

Las ciudades que se reflejan en Bogotá

Una ciudad no puede repetir el modelo de otra, por eso Bogotá no es —ni podría ser— imitación. Nuestra ciudad es inédita aunque se nutre del simulacro, porque éste tiene como objetivo fascinar.

Los nombres de algunos barrios son réplicas del nombre de otras ciudades: Roma, Venecia, Niza, San Francisco, México, Buenos Aires, pero su historia, su gente, su crecimiento son la puesta en escena de un objeto real que no quiere ser reflejo de los nombres que trajo de otras partes del mundo. Son solamente nombres de nuestros lugares y si alguna vez fueron ecos de otros, ya no lo son.

Por eso Bogotá no es el calco, es la tangente, la línea que roza el mapa de otras ciudades para configurar su propio croquis. El calco del mapa nos remite a la exactitud, a la igualdad. La línea tangencial nos refiere apenas a un punto de encuentro, a una derivación para construir la propia historia; por eso, hay quienes dicen que la tangente es la traición del modelo por seguir, el escape hacia indefinidos puntos de fuga.

 

 


 
 
 

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