Recorridos y luchas
por los niños de la guerra
 
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“En memoria de los niños que no tienen voz, por todos los que por imprudencia de muchos han perdido sus vidas a causa de las minas y por aquellos cuyas frágiles vidas dependen de las acciones de los adultos, yo elevo a Dios mi dolor y a los hombres que tienen el desafío de alcanzar la paz en mi querida, sufrida, pero hermosa Colombia” Gerson Andrés Flórez Pérez

Por Liliana García Quintero

Han pasado trece años desde que se adoptó la Convención sobre los Derechos del Niño. Maltratos, violaciones, explotación laboral, conflicto armado, abandono, en fin, todo un sinnúmero de aspectos de los cuales han sido blanco los niños y las niñas en el ámbito mundial y objeto de preocupación de gobiernos y organismos internacionales.


La Convención sobre los Derechos del Niño es el primer instrumento internacional y jurídicamente vinculante que incorpora los derechos humanos: civiles, políticos, económicos, sociales y culturales; ésta ha sido ratificada por 191 países entre los que se encuentra Colombia. Pero al parecer esto no ha sido suficiente, a pesar de las prohibiciones que la Convención ha hecho en temas como la prostitución infantil, la pornografía y el conflicto armado el panorama sigue siendo desalentador. En este sentido Colombia vive una situación que no es muy ajena a los demás países que se encuentran en conflicto armado y aquí nos referimos específicamente al sinnúmero de niños y niñas combatientes que son reclutados por las guerrillas y los paramilitares desde muy temprana edad.

Recientemente el protocolo facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño prohibió reclutar a niños menores de 18 años. Según estudios realizados por la Human Rights Watch, en la actualidad existen aproximadamente en Colombia 11.000 niños pertenecientes a grupos al margen de la ley, algunos de ellos se “alistaron” desde los ocho años.

Pero, ¿cuál es la capacidad de decisión que realmente posee un niño para enrolarse en las filas de la guerra? Sencillamente aquí no hay decisión, se trata de una obligación, como si tuvieran escrituras sobre ellos. Sucede como una especie de redada en donde caen cientos de niños inocentes, frágiles y que poco o nada saben del conflicto. Algunas veces las familias de los pequeños tienen simpatía por uno u otro bando, otras veces se van porque les ofrecen protección y dinero.

Una vez adentro comienzan una carrera militar que no requiere saber leer, estudiar, ni ser un estratega, pero sí tener todo un código de valor. De ahora en adelante tendrán que seguir paso a paso las instrucciones de sus superiores, las cuales cursarán por niveles: en la primera etapa vigilan, apoyan las labores de la cocina, recolectan leña, llevan recados y hacen mandados; en la segunda fase se les hace un entrenamiento de tipo técnico en el manejo de armas de corto y largo alcance como granadas, pistolas automáticas, ensamblaje y lanzamiento de bombas. Luego del riguroso entrenamiento comienza el combate, son señuelos, son carne de cañón y, si falla y si es desleal y si vende información a los otros y si es desertor, ese niño debe pagar con la muerte o en el mejor de los casos con la tortura.


La realidad nos indica que aunque los niños no se encuentren militando en algunas de las fuerzas al margen de la ley, el estado de vulnerabilidad de la población infantil en nuestro país es muy alto, el fuego cruzado, el desplazamiento, el asesinato de sus padres, la destrucción de sus casas, el abuso sexual, las minas antipersonales, los carros bomba y el cautiverio, entre otros, les dejan las más hondas secuelas psicológicas típicas del conflicto armado que se vive en Colombia.

Mientras tanto, muchas entidades nacionales e internacionales hacen grandes esfuerzos para que los niños puedan recuperar su libertad, para volver a su tierra de origen, para correr por los alrededores de la finca de sus padres, para recibir educación, atención en salud, el afecto que poco le han dado porque escasamente pudo llegar a los 10 años y le tocó vivir como adulto y matar a su amigo o amiga, y hasta cavar su propia tumba.

Su arma la palabra,
su obsesión la paz,
su tristeza los niños y niñas de la guerra

Movido por las alarmantes cifras de la población infantil mutilada por minas antipersonales, Gerson Andrés Flórez Pérez inició desde los 10 años de edad una campaña para que se excluyera del conflicto armado a los niños y ahora se ha convertido en un vocero internacional en la búsqueda de la paz.

Todo comenzó cuando tuvo que viajar al departamento de Santander y se encontró con una de las tantas y tristes realidades que azotan a nuestras regiones, niños y niñas que han perdido alguna de sus extremidades por causa de las minas “quiebrapatas”. Éste fue el detonante para que Sergio Andrés comenzara su incansable lucha en favor de las víctimas del conflicto armado.

No se necesita mirarlo por segunda vez para descifrar la sencillez que caracteriza a ese tímido pero bondadoso joven que sufre profundamente por las desgracias de los niños y jóvenes de este país. Dejó sus guayos de fútbol para dedicarse al estudio de los derechos humanos del niño. Nacido hace 18 años en Bogotá, sus compañeros lo describen como una persona juiciosa, perseverante y de grandes calidades humanas, cursó hasta décimo grado en el Colegio Distrital Enrique Olaya Herrera; es hijo de Hugo y Ana Elcy, de quienes ha recibido apoyo, acompañamiento y admiración.

Académicamente ha sobresalido con sus escritos a cerca de la paz en Colombia, entre ellos: “Niños de la Paz”, “Informe sobre las minas antipersonales en Colombia”, “Un arma diminuta y mortal”, “Propuestas de paz por un acto humanitario”. Nominado al Premio Nobel de la Paz durante dos años consecutivos. Galardonado con el premio Global Juvenil para la Paz y la Tolerancia en 1999, otorgado por las Naciones Unidas en Nueva York. Se ha desempeñado como miembro de la Organización Voces del Mundo con sede en Noruega. En 1999 obtuvo uno de sus más grandes logros cuando presentó ante el Congreso de la República un documento sustentando la necesidad de ratificar la Convención de Ottawa sobre la prohibición y destrucción de las minas antipersonales, días después fue confirmada en Colombia.

Pero su lucha no termina ahí, en la actualidad Gerson Andrés se encuentra realizando estudios en el Reino Unido y buscando ayuda internacional con un solo propósito: prestar ayuda psicológica y económica, facilitar prótesis y rehabilitación física a los niños que perdieron algunos de sus miembros por culpa de la guerra.

 

 


 
 
 

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