Todo
parece normal pero no lo es. Faltan unos cuantos minutos para
las 10:30 de la mañana. No hace frío, no hace
calor. Es una mañana de martes típicamente bogotana.
Por las carreras séptima y octava comienzan a aparecer
uno a uno, un puñado de hombres, mujeres, niños
y niñas. No son más de treinta
por
Nelly Valbuena Bedoya
|
Por
la calle once viene bajando un hombre mayor, que se confunde
entre las gentes, nadie lo sabe, pero debajo de su saco café
lleva una fotografía. Tal vez el único que lo
intuye es el alero de la casa del 20 de julio, testigo taciturno
de la disputa del florero, de protestas, de marchas, de festivales
y del encuentro de enamorados, abogados venidos a menos, vendedores
ambulantes, desempleados y negociantes que se dan cita en
su esquina día a día y que ni se enteran de
la travesía del hombre cada martes, con un retrato
golpeándole el pecho.
Entre
tanto, por la calle décima bajan apresuradas Marleny
Orjuela y Margarita Hernández, la una con un altavoz
terciado en la espalda y una pancarta bajo el brazo; la otra
con una butaca y un talego cargado de carteles. Doblada, en
algún rinconcito de los talegos que llevan dos mujeres
más, viaja silenciosa la bandera de Colombia.
Otras mujeres cruzan bajo la figura del Libertador, que inamovible
como estarán ellas, presidirá el ya habitual
plantón. Algunos jóvenes pasan frente al recién
levantado Palacio de Justicia que desde su puerta principal
enuncia paradójicamente las palabras de Santander:
“Colombianos, las armas os han dado la independencia,
las leyes os darán libertad”.
La cita es desde el pasado 22 de julio en la Plaza de Bolívar
frente al Palacio de Gobierno en Bogotá, con la Catedral
y el Palacio Lievano de la Alcaldía como constantes
testigos. No importa si hay lluvia o calor, allí han
decidido encontrarse las madres, los padres, los hermanos,
las hermanas, las esposas, los hijos y las hijas de algunos
de los 34 policías y militares que permanecen en poder
de las Farc, unos desde hace seis, otros desde hace cinco
y cuatro años. A esta misma hora, en otra plaza de
Colombia, estará un padre, una madre silencioso con
un cartel en la mano y la foto de su familiar, como estandarte,
suspendido en el pecho y en los recuerdos como la única
manera que les han dejado para llegarse unos a otros.
“Hoy somos, pocos mañana seremos muchos”
En minutos todo está dispuesto, como si se tratará
de un ritual que se ha institucionalizado por la fuerza del
dolor, del amor y de la esperanza terca. Vienen los saludos
y los abrazos; comienzan a emerger los retratos de las bolsas
plásticas y de las carteras de las mujeres. El hombre
del saco café abre la cremallera y aparece un joven
serio, con su quepis y la mirada perdida tras el horizonte
imaginario de una lente que jamás previó lo
que ocurriría después del disparo azul del flash.
Marleny afina su garganta, templa los ánimos y convoca
a la misma energía del primer día para que se
haga presente en esta mañana y el grito esperanzador
llegue a quienes debe llegar tras la mole de concreto, puertas,
ventanales y corazones grandes adentro.
Mientras tanto la gente que viene y va, que cruza afanada
la enorme plaza, les echa “un ojito”. Algunos
ya los conocen, los han visto semana a semana, gritando frente
a esas columnas. Los vendedores de maíz se retiran
unos metros, los viejos fotógrafos ubican a las parejitas
y familias hacia el costado norte de la plaza, las palomas
en desbandada tras los granos de maíz se agolpan a
los pies de los modelos improvisados para la foto del recuerdo,
en el ambiente se alzan algunas voces: “Sí al
acuerdo humanitario”, “Viva la paz, muera la guerra”,
“Honor y gloria por siempre”, “Que vivan
los secuestrados”.
Los emboladores anclados sobre sus cajas de madera, unos cuantos
curiosos y dos o tres turistas siguen con la mirada al grupo,
que a una sola señal decide recorrer la plaza enseñando
las imágenes y lanzando al aire sus plegarias que se
transportan en la distancia hasta algún lugar de las
montañas y selvas de este arrevesado país: “Vivos
se los llevaron, vivos los esperamos”.
Las campanas anuncian el mediodía, de vez en cuando
un rayito de sol ilumina los letreros de los chalecos y camisetas
de los y las marchantes: “Asfamipaz por la libertad
con dignidad”. Un ruego temeroso se sale del fondo del
alma: “No más Urraos. No al rescate a sangre
y fuego”.
La jornada contra el abandono, el olvido y la indiferencia
ha terminado por hoy. Los carteles y pancartas vuelven a las
bolsas, las fotos a las carteras y el tricolor a su rincón
habitual. La cremallera se cierra atesorando en el pecho,
junto al cuadro, recuerdos de la infancia, del primer día
de escuela, de la primera comunión, del juramento a
la bandera, del primer sueldo y de la bendición que
los padres le dieron un día no muy lejano, antes de
partir a cumplir con el deber que eligió, este hijo,
este hermano, este padre.
Son las doce; el grupo comienza a disolverse, por la misma
ruta regresarán a sus casas y trabajos, seguros de
que el martes próximo estarán aquí de
nuevo en la misma función. Desde el centro de la plaza,
el Libertador mira de reojo por la ventana de su tiempo, lo
que ocurre con el mundo que dejó inacabado.
“No
somos muchos, pero somos firmes”
Marleny Orjuela, representante de Asfamipaz, sigue trabajando
por la liberación de los 34 policías y
militares que aún permanecen retenidos por las
Farc |
La Esquina. El 2 de junio de 2001 se logró la liberación de 55 policías y soldados enfermos por 14 guerrilleros. ¿Cuál es la meta ahora?
Marleny Orjuela. Tenemos el mismo objetivo, vamos por el segundo
Acuerdo Humanitario, sabemos que es viable. –¿Que
está muy difícil? Pues sí, porque hay
demasiada desconfianza y mucho odio entre las partes.
L.E. ¿Qué estrategias están implementando
ustedes?
M.O. Una acción muy clara y constante
es que todos los martes de 10:30 a 12:00 del día en
la Plaza de Bolívar, estamos ahí porque sabemos
que la guerrilla, el Gobierno, el Congreso, la gente y las
personalidades del Estado se están dando cuenta de
nuestra actividad, que busca que ellos no olviden a nuestros
hijos y familiares. Es una presión pública pacífica
para que se firme al Acuerdo Humanitario. La otra es estar
siempre en los medios de comunicación. En las emisoras
que nos sirven para enviar mensajes a los muchachos. Ahí
también les mandamos mensajes a la guerrilla, les pedimos
pruebas de supervivencia más constantes y le hacemos
un llamado a las partes para que haya una voluntad política
verdadera y se sienten a hablar.
L.E. ¿Cuáles fueron las últimas
pruebas que recibieron?
M.O. En el mes de abril de este año
recibimos pruebas de 6 oficiales y suboficiales que están
en poder de Joaquín Gómez. Y en agosto de otros
27 que están en poder de Jorge Briceño, “el
Mono Jojoy”. Tenemos pendiente una prueba de supervivencia
del Cabo Luis Hernando Peña Bonilla, del cual no llegaron
pruebas y no sabemos qué pasa con él.
L.E. ¿Qué posibilidades políticas
ven ustedes para el Acuerdo Humanitario?
M.O. Hay una puerta entreabierta. La posibilidad
política está un tanto negada y en la medida
de que no haya una verdadera voluntad política es muy
difícil lograr que las dos partes se acerquen.
L.E. ¿Qué le ha dicho el Comisionado
de Paz, Luis Carlos Restrepo?
M.O. Que la Iglesia está trabajando
con las Farc. Pero nosotros estamos esperando que el Gobierno
devuelva una respuesta a la propuesta que ellas hicieron a
través de los delegados de la iglesia.
L.E. Las actividades de los martes en la Plaza de
Bolívar ¿qué reacciones generan entre
la sociedad civil?
M.O. Pasa mucha gente, algunos se paran frente
a nosotros, o al lado. Nos escuchan, nos miran, ven las pancartas
y algunos se acercan a hablarnos de insolidaridad, pero igual
son tan insolidarios como los demás, que pasan indiferentes.
Una de las frases: “Hoy somos pocos, mañana seremos
muchos”, está dirigida a la gente a su indiferencia,
que de alguna manera también nos hace daño y
les dice que deberían sumarse a nosotros, porque como
vamos seremos muchos los que estaremos próximamente
en la Plaza de Bolívar, pidiendo lo que hoy estamos
pidiendo nosotros.
L.E. ¿Qué tipo de apoyo han recibido
las familias por parte de instituciones como la Policía
y el Ejército?
M.O. Básicamente atención en
salud a los familiares. El acompañamiento se ha dado
por parte de la Policía que cada mes hace una invitación
a las familias a charlas a alguna misa, a algún almuerzo
o una atención, en fechas especiales como el Día
de la Madre. Pero el Ejército sí ha estado muy
lejano de las familias. ¿Por qué motivo?, ellos
lo saben, yo no lo sé.
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Quedan 34
Atlántico
Sargento José Ricardo Marulanda
(5 años 8 meses)
Guajira
Cabo William Pérez Medina
(5 años 8 meses)
Huila
Teniente Juan Carlos Bermeo Covaleda
(5 años 3 meses)
Boyacá
Teniente William Donato Gómez
(5 años 3 meses)
Cabo Luis Hernando Peña Bonilla
(5 años 23 días)
Coronel Luis Erlindo Mendieta Ovalle
(5 años 23 días)
Cauca
Cabo Amaón Flórez Pantoja
(5 años 3 meses)
Cundinamarca
Teniente Elkin Hernández Rivas
(5 años un mes)
Intendente Jhon Frank Pinchao Blanco
(5 años 23 días)
Cabo Luis Alfonso Beltrán Franco
(5 años 8 meses)
Capitán Enrique Murillo Sánchez (5 años
23 meses)
Capitán Julián Guevara Castro
(5 años 23 días...)
Capitán Édgar Yesid Duarte Valero
( 5 años un mes)
Cabo Julio César Buitrago Cuesta
(5 años tres meses)
Sargento Erasmo Romero Rodríguez
(5 años 3 meses)
Sargento Arbey Delgado Argote
(5 años 3 meses)
Cabo Luis Arturo Arcia
(5 años 8 meses)
Cabo Álvaro Moreno
(4 años)
Teniente Raimundo Malagón Castellanos
(5 años 3 meses)
Meta
Cabo José Libardo Forero Carrero
(4 años 4 meses)
Subintendente Jorge Trujillo Solarte
(4 años 4 meses)
Subintendente Jorge Humberto Romero Romero
(4 años 4 meses)
Intendente Carlos José Duarte
(4 años 4 meses)
Teniente Javier Rodríguez Porras
(5 años 23 días)
Valle
Sargento César Lazo Monsalve
(5 años 23 días)
Nariño
Cabo Pablo Emilio Moncayo Cabrera
(6 años)
Cabo Luis Alberto Moreno Chaguezá
(5 años 3 meses)
Cabo Libio Martínez Estrada
(6 años)
Sargento Alberto Erazo Maya
(4 años)
Tolima
Subintendente Wilson Rojas Medina
( 4 años 4 meses)
Cabo Jhon Jairo Durán Duay
(5 años 3 meses)
Cabo Robinson Salcedo Guarín
(5 años 3 meses)
Subintendente Armando Castellanos Gabona
(4 años)
José Miguel Arteaga
(5 años 8 meses) |
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