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Ya
casi es media noche y aún no logro conciliar el sueño,
el ladrar de los perros está del otro lado y su eco
retumba en todas partes. Me cuesta trabajo pensar que estoy
en una de las metrópolis más grandes del mundo,
que estoy en el norte de Ciudad de México, en un lugar
exclusivo, Colonia Privenza, Área Satélite,
y lo único que se oye del otro lado es el ladrar de
los perros, como en el cuento de Juan Rulfo: “Después
de tantas horas de caminar... se escuchó el ladrar
de los perros”
Sobre
el contexto urbano, aparecen las huellas de lo rural. Han
pasado ocho días de mi permanencia en esta ciudad cuya
población se acerca a los 30 millones de habitantes,
30 millones de deseos, reunidos en un territorio de 3129 km2..
Ahora mientras intento dormir una multiplicidad de rituales
y de colores se repiten en mis recuerdos.
Cierro los ojos y las imágenes toman vida, una tras
otra, entre el horror y la fascinación, entre el miedo
y la atracción, entre el susto y la confianza. Es como
si en esta ciudad se reflejaran todos los rincones de México.
En mi primera imagen desde la ventanilla del avión,
un sobrevuelo de más de 15 minutos, se confunden el
smock, el color naranja de los ladrillos, los punticos rojos
-los mercados móviles-, las tejas, los rascacielos,
la infinidad de edificios. Después llegan otras imágenes:
un taxi de terror, una mujer en el metro, la típica
comida mexicana, la gigantesca avenida de La Reforma, los
“atascos”, un ritual indígena al frente
del Museo de Antropología. Un Parque Escondido. Vendedores
que invaden las calles con todo tipo de artículos,
una indígena que desde el piso me vende una muñequita
de trapo. La pobreza en las caras. Las mansiones, los rascacielos.
El rostro de una anciana que, pese a mi ruego, no se dejó
tomar la foto, en sus arrugas se veían los años,
el desarraigo.
Las multitudes, los olores, las catedrales, los mariachis
en la plaza Garibaldi, la comida picante: los chilaquiles
con mole, las enchiladas. Los contrastes arquitectónicos.
Los “antros” en la noche, la vida cultural en
las calles, los modernos centros comerciales, el Santa Fe:
- bien venidos al siglo XXI. Mi recorrido por Insurgentes,
la calle más larga del mundo. El ritmo de la ciudad,
la velocidad, el vértigo. Las distancias te ganan.
El bullicio por todas partes. La ciudad que se fundó
en 1325 hoy tiene: 316.000 empresas (80% de las totales del
país), 344 hospitales, 25.000 cuartos de hotel. Dentro
del D.F. se generan al día más 29 millones de
viajes internos, transitan más de 2 millones de vehículos;
se pueden visitar, si hay tiempo, 161 museos, 30 salas de
conciertos, 106 galerías de arte y 107 cines.
¿Qué recuerdo? el recorrido por la casa de Frida
Kahlo en Koyuacán: su cama, sus espejos, sus vestidos,
su corsé, su cocina, o quizás con más
fuerza el cuadro que me hizo estremecer en el Museo Dolores
Olmedo, ese cuadro sobre el aborto que impresiona por su crueldad.
Sus autorretratos, sus mil rostros, los objetos dentro del
cuerpo transparente. De las imágenes de Frida a los
frescos, en el Palacio de Bellas Artes, de los muralistas:
los de Rivera, Siqueiros y Clemente, esos frescos gigantescos
en donde lo social es parte vital de la obra.
¿Qué recuerdo? mi recorrido en el metro a las
horas pico, un metro que al día transporta casi 10
millones de personas. Esa sensación de sentirme masa,
de estar adherido al otro, como en el cuento de RenéRebetez
(que como muchos escritores colombianos vivió en México).
En su cuento La Nueva Prehistoria, un hombre lucha por no
dejarse devorar de una criatura fantástica que se gestó
en la fila de un teatro en una ciudad sin nombre. Recuerdo
la imagen del guardia, empujando la masa, para embutir más
gente; se atropella para entrar y para salir. Fui masa mientras
por unos segundos, la luz del interior se iba y en medio de
la oscuridad todos guardábamos un profundo silencio.
El lunes, mi primer día de metro, llovió y la
sensación de masa se prolongó, el recorrido
sobre los tramos al aire libre fue en cámara lenta,
por eso invertí casi tres horas para llegar al otro
lado de la ciudad. Ahora, los nombres de las estaciones se
superponen: Tacubaya, Tasqueña, Rosario, Barranca del
Muerto, ¿por qué se llamará así?
¿Qué recuerdo? Mi visita a uno de los santuarios
más concurridos del mundo, se dice que después
del Vaticano, el de la basílica de la Virgen de Guadalupe,
la patrona de México, es el que más se visita:
- el doce de diciembre la gente no cabe, desde la noche anterior
la multitud espera, vienen de todas partes de México,
más de 50.000, se rumora. La imagen impresiona, cuesta
trabajo pensar que apareció en 1531 y sigue tan intacta
y que según estudios, en el ojo de la virgen se refleja,
en una dimensión diminuta, la figura del indio Juan
Diego. Los muros de los tres temples escuchan en silencio
los deseos que los feligreses depositan con fe. Sólo
en la Nueva Basílica (1976) caben 10.000 personas.
¿Qué recuerdo? Mi triller en un taxi, su conductor,
un joven mexicano de rasgos fuertes, apenas nos subimos y
sintió nuestro acento extranjero, empezó a decirnos
cosas como: “aguas, en un taxi en México te pueden
pasar cuatro cosas: asalto, secuestro, secuestro express y
violación… ¿Ustedes ven patrullas alrededor?,
cierto que no, aguas… El del lado es un taxi pirata.
¿Quién les dice que mi chapa no es robada?,
¿qué yo no acabo de robarme este carro? Aguas…
Si yo saco esto en medio de la oscuridad, mostrándonos
el celular, ustedes pensarán que es un arma, ¿verdad?
y harán lo que yo les pida… Yo no es que los
quiera asustar, aguas… 30 minutos eternos y de terror.
Recuerdo a unos indígenas haciendo un espectáculo
en la plaza de La Constitución, sus trajes de colores,
sus plumas, sus collares, la comida, el humo y esa música
circular con vientos y tambores. Su presentación, convertida
en simulacro de un ritual ancestral, ahora vendida como artículo
de consumo. Los vestigios de Tenochtitlán, ruinas de
una pasado silenciadas por la destrucción y masacre
de una cultura, las ruinas sobreviven a penas a una cuadra
de la Catedral, una de las más antiguas de América
(iniciada en 1572), se construyó sobre el Templo Mayor
de la cultura Azteca, como lo hizo el destructor Hernán
Cortés: sobre las pirámides, construir iglesias,
para que los indígenas siguieran visitando los mismos
lugares.
¿Qué recuerdo? mi visita a Teotihuacán,
esa ciudad ubicada apenas a 50 km al noreste de Ciudad de
México y que fue abandonada misteriosamente antes de
que llegaran los españoles. Alcanzó a tener
más de dos millones de habitantes, mientras que París
era apenas una aldea. Todavía se pueden recorrer esas
ruinas en las que la magia se percibe en el aire. Cuando estaba
en lo más alto de la Pirámide del Sol cientos
de mariposas gigantescas revoloteaban y el sol del medio día
parecía quemar sus alas negras y amarillas, iban y
venían con el viento e impresionaban a turistas venidos
de todas partes del mundo. Ahí están las ruinas,
las vasijas zoomorfas, los animales fantásticos, los
colibríes, los tigres, las águilas. Ahí
está el misterio de las pirámides del Sol y
de la Luna, con sus frisos ardornados con pinturas que atravesaron
los siglos, con figuras mágicas. Las huellas de una
ciudad que tuvo barrios y acueductos. Cuando vi la gigantesca
plazoleta central, asocié las imágenes ya clásica
de los indígenas en el juego de la pelota.
Doy otra vuelta en la cama, con los ojos cerrados, el olor
a cerveza Corona, se filtra en el aire de los recuerdos. Esa
gran manzana que huele a varios metros a la redonda. Ahora
entiendo por qué esa cerveza está presente en
más de 150 países del mundo, porque se toma
en los atardeceres naranja, sin fronteras, al lado de trozos
de limón y de sal, es que desde su origen el olor atrae.
¿Qué recuerdo? Las calles atestadas de vallas
publicitarias, unas muy viejas, donde se alcanza a leer letreros
alusivos a la última visita del Papá por allá
en la década de los 70, imágenes de publicidad
superpuestas una sobre otra, de cantantes, de Shakira, de
Briney, de Juanes, de Cocacola, de Pepsi, de marcas conocidas,
de las cadenas de almacenes de todas las partes del mundo.
¿Qué recuerdo? Las banderas de México
ondeándose por toda la ciudad, vísperas del
día nacional, el mítico 15 de septiembre, el
día en que el grito del Presidente desde el Palacio
de Chapultepec, de los alcaldes en todos los pueblitos, el
grito de casi 100.000 millones de gargantas invade todo el
país de norte a sur, de oeste a este. El grito cuyo
eco sobrevive hasta el próximo aniversario: ¡Viva
México!..cabrones.
¿Qué recuerdo? las historias de Gabriel, mi
guía, un mexicano de pura sepa, que a punta de recorrer
la ciudad como guía turístico se sabe los cuentos
con finura y exactitud, las relata con talento, con fuerza:
- ahora cuando salga en el avión trate de ver los volcanes,
son dos, le decía a un italiano cuando lo llevábamos
rumbo al aeropuerto- ¿Sabe la historia? Se dice que
Popocatepetle tiene forma de mujer, ella era una Princesa
que un día vio partir a su valiente guerrero Iztccihualtl
para la batalla y al poco tiempo llegaron noticias de la pérdida.
Se rumoró que todos los hombres estaban muertos, ella
se dejó morir de amor, de tristeza. Cuando regresó
su amante y la encontró muerta, se acostó a
sus pies para morir a su lado. A Gabriel las palabras le fluyen,
la fuerza de la cultura oral hace presencia en sus labios.
Sigo aquí, sin poder dormir, del otro lado solo se
escucha el ladrar de los perros, mañana me enfrentaré
a ese aeropuerto gigantesco, atestado de gente: de hombres
con sombrero, extranjeros, asiáticos, europeos, italianos,
brasileños, a la hora de salida del vuelo que me llevará
otra vez a Colombia, solo por la misma aerolínea habrá
diez vuelos internacionales con destinos a Estados Unidos,
Europa, Oriente y Sur América. Las imágenes
se repiten, se superponen y el sueño parece desvanecerse
entre ese collage de imágenes.
Fotos
Manuel Álvarez Bravo. Cortesía Embajada
de México
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