Daira Quñónez:
el orden de la memoria y la palabra
 
sección

 

 

 

De nuevo y como algo inevitable, su mirada se pierde en la distancia y su memoria evoca las problemáticas de su comunidad, esas que quiso resolver y por las que seguramente hoy está en Bogotá intentando reconstruir, una vez más su vida, a partir del trabajo colectivo. En el centro de sus preocupaciones están la falta de comunicación, el desplazamiento, la desterritorialización, el incremento de los cultivos ilícitos y la pérdida de la oralidad como las mayores problemáticas que afronta su comunidad. “Nada de lo que pasa en la Costa Pacífica se conoce en el resto del país. Casi todos los días hay desplazamientos masivos hacia el Ecuador y eso no se sabe. Si alguien llega a la comunidad y pregunta qué está pasando, nadie te dice nada. La gente ya no habla. Los niños tienen miedo”

Por Nelly Valbuena Bedoya

Daira Quiñónez nació en El Porvenir, una pequeña vereda del municipio de Tumaco, en una familia de agricultores y músicos. Su bisabuela interpretaba la marimba, su abuelo tocó el bombo y su madre toca la guitarra y canta. “Eso está impregnado en la sangre, como el amor a la tierra y esa herencia también se la he ido transmitiendo a mis hijos”.

Desde niña se dedicó al trabajo por la comunidad, ya en la escuela sus inclinaciones eran tan claras, que en la familia le decían la abogada. Ella lo recuerda con una amplia sonrisa, la misma que caracteriza a los pobladores del Pacífico. “El trabajo por mi comunidad ha estado siempre muy dentro de mí y lo he vivido constantemente a pesar de los riesgos”. Y uno de esos riesgos es el que ha afrontado junto a sus tres hijos; Gina Vanessa, Erney y Jhonny, quienes hoy hacen parte de esa cifra indeterminada de colombianos, desplazados forzosamente de sus lugares de origen.

Crónica de una salida inminente

Un día, después de terminar el bachillerato en Pasto, decidió ir a Cali, a estudiar y trabajar; allí conoció al padre de sus hijos, José Benítez Lozano, músico oriundo de Itsmina, Chocó; trabajó en Agua Blanca con mujeres y niños, y tras una relación afectiva de la que prefiere no hablar, regresó, en 1986, a su kilómetro 52 abandonando su título de mercadotecnista en el Sena por temor a encontrarse con “ese ciudadano”.

De El Porvenir, salió un 12 de septiembre de 2001 dejando familia, amigos y el trabajo que venía realizando en la comunidad en torno a la titulación colectiva de tierras, a los proyectos productivos como la recuperación de la caña panelera, la cría de cerdos, el proceso de etnoeducación y alrededor de la consolidación de sus parcelas como espacios de integración y de producción familiar.

Actualmente es representante legal del Consejo Comunitario La Nupa y de la Fundación Arte y Cultura del Pacífico. El Consejo Comunitario surgió en 1995 como parte de un proceso de organización y de asociación interna en el que las mujeres han sido determinantes desde 1991. Antes tenían la Asociación de la Carretera y del río Caunapí, hoy son un Consejo Comunitario que reúne a cerca de 1.500 familias y que tiene a la gran mayoría de los integrantes de su junta directiva desplazada y al presidente, José Aristides Rivera, asesinado el 2 de diciembre de 2002.

Todos estos procesos de asociación sufren –por causa del conflicto armado que se vive en la región–, un debilitamiento que amenaza con desaparecerlos. En menos de diez años por la zona han pasado diferentes actores armados, primero el Eln, luego el 29 frente de las Farc y ahora están los paramilitares. Daira considera además que en esto también influyen los megaproyectos que tienen su asentamiento en la región como el de la palma africana y el proyecto de la vía Espriella–Mataje–Esmeralda que unirá a Colombia con América Latina.

Un día cualquiera, como es ya costumbre en muchas de las regiones apartadas del país donde reina la ley del más fuerte, llegaron a El Porvenir unos hombres armados, en moto, con lista en mano hasta su propia casa. Todos lo sabían y los que no, lo intuían, aunque nadie lo dijera expresamente: alguien le estaba pasando una cuenta de cobro por el trabajo que venía realizando. En sus palabras: “por defender nuestro territorio, nuestro proyecto de vida. Nosotros somos nadie sin nuestra tierra, nos hace mucha falta y queremos vivir siempre ahí”. A esto, seguramente también, se sumó su defensa del Plan de Ordenamiento Territorial del municipio y quién sabe cuántas arandelas más.

Hacía ya algún tiempo los rumores corrían por las callejuelas del 52, se escondían entre los carros viejos y entre los restos de neveras abandonadas, a lo mejor por los funcionarios del Inderena que alguna vez tuvieron allí su oficina o por los japoneses que intentaron sembrar banano en estas tierras: “Daira estaba en unas listas y seguro ya vendrían por ella”.

Desde cuando los cuentos iban y venían, un joven amigo, que había sido líder de la vereda del 26 y que ingresó a las filas de los paramilitares y terminó ahorcado, por esas dinámicas sociales que extrañamente se mueven, se acomodan y reacomodan al vaivén de las situaciones sociales de pobreza y necesidades que se viven en estos lugares, le advertía y le recomendaba cuidarse, no ir a ciertos lugares, no exponerse.

Estuvo guardada durante un mes en casas de los amigos, era como estar presa en su propia tierra, así que la angustia, el temor y la desolación minaron su espíritu y decidió salir a pesar de ella, de sus raíces y del amor a la tierrita del 52. Ya estando en Bogotá, tras una colecta para los pasajes, comenzó a traer uno a uno a sus hijos; sólo hasta noviembre del año pasado logró reunificar a su familia.

Historias que vienen, van y se cruzan...

Ya son tres años en Bogotá y aún no se acomoda a su nueva vida, una vida que se alimenta día a día de los recuerdos y de las nostalgias por su parcela, por el mar, por su trabajo, por los amigos y vecinos, por sus mujeres y sus niños. “Esta es una condición muy difícil, es algo que no se puede describir, desprenderse de la tierra, de la casa, que ya hasta se cayó, porque era de madera, es perderlo todo, yo lo perdí todo”.

A los seis meses de estar en esta ciudad, entre idas y venidas a la Red de Solidaridad para que le reconocieran su condición de desplazada, aún no podía contener el llanto que se le escapaba sin darse cuenta, “lloraba todos los días, salía a la calle llorando y regresaba llorando, pero he logrado soportar esta situación gracias a la música, cuando estoy muy triste me pongo a cantar y eso me ayuda, termino unas veces llorando pero también consigo sacar los dolores del alma”. La música se ha convertido en su terapia, pero también en su elemento de sobrevivencia.

Es consciente de que el desplazamiento en Colombia es un fenómeno inmanejable debido a la magnitud que ha adquirido en los últimos años, lo que hace el Estado a través de la Red de Solidaridad por tantas familias desplazadas es aún mínimo, la problemática ha crecido de tal forma que desborda todas las previsiones posibles. Pero lo más grave aún es que “esta situación hace que si no estamos bien fortalecidos en torno a lo que somos, te cambie totalmente la vida y por eso vemos mucha gente pidiendo limosna en las calles cuando en su tierra era totalmente distinto, trabajaba”.

Pensando en eso y con el propósito que la ha acompañado desde niña está trabajando en la consolidación y en la búsqueda de financiación para una empresa de papel orgánico que se hace con cáscara de plátano, con vegetales fibrosos como la maracuyá, el limón y la naranja, para que las mujeres desplazadas, que como ella, no puedan regresar a su tierra, tengan una alternativa laboral en las ciudades.

Los primeros experimentos comenzaron en su pequeña vivienda en donde entre cáscaras que se recogen de los restaurantes de la gente del Pacífico, se prueban y ensayan muestras hasta conseguir el color preciso y la textura más bella. Es un proceso manual que involucra una cadena productiva que arranca con la recolección y limpieza de las cáscaras, pasa por picado y licuado, hasta llegar a los marcos de donde surgen pedazos de papel. “Es un trabajo apasionante, a mí me gustó mucho por la vinculación con las cosas de la tierra. Al comienzo yo no dormía dándole y dándole, hasta que saqué mi papel más bonito”.

Ya en su casa en el barrio El Modelo de El Porvenir, en el kilómetro 52, existía la fábrica, pero tuvo que cerrarla y dejar las cosas guardadas cuando salió. Ahora está empeñada en montarla aquí con mujeres y algunos hombres, “con mujeres porque hasta los mismos hombres reconocen que con las mujeres se pueden hacer muchas cosas y somos como más de empuje”.

Cuando habla del trabajo con las mujeres, su rostro se ilumina nuevamente y trae a la conversación la experiencia de la titulación de tierras. En una Asamblea del Consejo Comunitario La Nupa se decidió que las tierras se les entregarían a las mujeres y justificaron el por qué; porque los hombres las habían vendido y dejaron a las mujeres sin nada, entonces “creímos que era un elemento importante para que los hombres tuvieran en cuenta”; además crearon el Contrato de Usufructo, que salió de los acuerdos con el Incora, en el que la gente se compromete a usar la tierra adecuadamente, sin embargo, aclara: “en esta situación del narcotráfico que vivimos, si una familia decide reemplazar el cultivo tradicional por coca, tenemos un elemento jurídico para expulsarlo de la comunidad. Esto ha resultado muy difícil de hacerlo cumplir y ya tenemos algunos problemas”.

De repente, así como en las películas o los sueños, su memoria es asaltada por algunas imágenes que vienen acompañadas de una gran risotada. Tal vez se alcanza a ver al pie de la casa de una de las familias del 52, tratando de escuchar a un marido maltratando a su mujer. Los vecinos contaban que el hombre se pasaba todo el tiempo amenazándola con un machete y no dejaba dormir. El Consejo intervino, le hablaron al señor, le hicieron firmar un acta en la que se comprometía a no agredir más a su mujer, pero la incumplió. “Entonces comprobamos lo que decían los vecinos, le pedimos al hombre que se fuera y protegimos a la mujer. Durante algún tiempo el hombre rondó por la comunidad pidiendo a grito herido: entréguenme a mi mujer, que yo no puedo vivir sin ella”.

Así, entre recuerdos y nostalgias, pasa Daira Quiñónez la mayor parte de su vida en esta ciudad, lejos de su mar, de su parcela y de los grandes y pequeños problemas cotidianos de su gente, tratando de amasarlos en una hoja de papel y con la palabra.


fotos: Chano

 

 

 


 
 
 

LA ESQUINA REGIONAL
www.laesquinaregional.com - soporte@laesquinaregional.com
Telefax: (057) 400 7411
Bogotá, Colombia

Los textos e imágenes que aparecen publicados en este sitio
se encuentran registrados en la Oficina de derechos de autor,
por lo tanto su utilización está sujeta a la autorización de los editores.