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La experiencia solitaria



La señora Dalloway
Virginia Woolf
Lumen
267 páginas

Los preparativos de la fiesta marchan a la perfección a medida que las campanadas del Big Ben desmenuzan el día sobre Londres. La anfitriona, la señora Dalloway, echará una mirada que abarcará la plata bruñida, su vestido verde, los platos de la cena, las estancias que recibirán a lo mejor de la sociedad inglesa. Un arrebato de felicidad la inunda mientras decide que ella misma comprará las flores. ¿Qué podría arruinar la velada? Aparentemente nada.

Pero la pluma de Woolf rasga ese velo de artificios, que por momentos a uno podría hacerlo bostezar, para escudriñar el alma humana escondida detrás de tanto boato y asomar ante un espejo, el aburrimiento de la vida íntima que corrompe cualquier forma de trascendencia. Porque es en esos rincones oscuros que nadie quiere admitir para evitar sobresaltos, en donde el peso de los años, las frustraciones, las pasiones secretas y los sentimientos ambiguos, se revelan como una experiencia solitaria que no puede ser compartida.

“Sin embargo, a Clarissa la irritaba llevar este monstruo brutal agitándose en su interior, la irritaba oír el sonido de las ramas quebrándose, y sentir sus cascos hincándose en las profundidades de aquel bosque de suelo cubierto por las hojas, el alma. No podía estar en momento alguno totalmente tranquila o totalmente segura, debido a que en cualquier instante el monstruo podía atacarla con su odio que, de manera especial después de su última enfermedad, tenía el poder de provocarle la sensación de ser rasgada, de dolor en la espina dorsal. Le producía dolor físico, y era causa de que todo su placer en la belleza, en la amistad, en sentirse bien, en ser amada y en convertir su hogar en un sitio delicioso, se balanceara, temblara y se inclinara, como si realmente hubiera un monstruo royendo las raíces, como si la amplia gama de satisfacciones sólo fuera egoísmo.”

Mientras tanto ese hilo de voz es sofocado por el ruido general que da cuenta del éxito de la fiesta. Pero no será por mucho tiempo. Ahí está esa mancha de insatisfacción agrandada con las horas, que se cierne como un suicidio que amenaza con arruinar un espléndido día de junio.

Los horizontes perdidos


Las horas
Michael Cunningham
Norma
218 páginas


Aunque usted no crea en fantasmas, entre las páginas de esta novela habita el espíritu antiguo de “La señora Dalloway”. Ese es el homenaje de Cunningham a Woolf; la esencia de Clarissa impregnando la vida de tres mujeres durante el transcurso de otro espléndido día de junio.

Escritura sobre escritura, porque es el proceso de creación vagando en la mente de Virginia Woolf, mientras decide cuál de sus personajes se abocará al suicidio, el que envolverá el resto de las historias, para relatar el mismo fardo pesado en el que se convierte la existencia. El hartazgo de la cotidianidad, el vértigo de la nonada, los horizontes perdidos… Laura Brown, Clarissa Vaughan y Virginia Woolf estarán perdidas en las corrientes del absurdo, acariciando la posibilidad de abandonarlo todo y empezar la vida que hasta ese día ha sido imposible vivir, inmersas en las horas.




Las estaciones del destino

 

 

 

 

 

 

 

 



El vagón
de las mujeres
Anita Nair
Alfaguara
376 páginas

¿Por qué viaja Akhila a Kanyakumari? Porque es el sitio que se encuentra ubicado en las antípodas de su hogar. La decisión está tomada, aunque no sus consecuencias; ésas aflorarán en el transcurso del viaje, cuando sus cinco compañeras relaten la historia de sus vidas, amparadas en la seguridad que les otorga el vagón de las mujeres.

Anita Nair registra estas voces para mostrar los aspectos de la India, nación que se debate entre la tradición de sus costumbres y el inevitable influjo del mundo moderno. Esta novela no es una reivindicación del género, es más, acá a nadie le interesa asumir posiciones extremas para ganar adeptos que inicien una revolución. El relato de estas mujeres arranca como una confesión que va levantando una solidaridad común, enmarcado en las frustraciones históricas y sociales que cargan encima, por el solo hecho de no haber nacido con un rabo entre las piernas.

Marikolanthu lo confiesa a Akhila: “Recuerda lo que te dije sobre que los papeles de mi vida no tienen cronología; ni sentido de lo correcto. Lo que sucedió entonces fue que, por primera vez, luché por controlar mi destino. No iba a librar una guerra ni a gobernar un reino. Lo único que quería era ser la madre de Muthu… Durante tanto tiempo me había contentado con ser lo más parecido a lo auténtico. Una ama de casa suplente. Una madre suplente. Una amante suplente. Pero ahora quería más. Quería ser lo auténtico.”

“El vagón de las mujeres” no es una novela de viajes, así transcurra en un tren que cruza la India. Los kilómetros de rieles transitados representan el rompimiento con las estaciones del pasado, abarrotadas de una existencia sumisa a la que jamás se piensa volver, porque cada nueva parada es una especie de liberación en la vida de estas mujeres, decididas ya, a regalarse la libertad de manejar los rieles de su existencia.


 

 


 
 
 

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