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El
anuncio de la aprobación por parte de los Estados Unidos
de la reanudación de la interceptación de vuelos
clandestinos representa un cambio importante en las políticas
contra las drogas ilegales. Esta política es una mejora
sustantiva respecto a la fumigación de cultivos ilícitos
foto:
archivo la esquina |
Primero,
está diseñada para atacar directamente al narcotráfico
en lugar del campesinado. Esta es una política que
dificulta la extracción de la cocaína, la base
de cocaína y la heroína de las zonas productoras.
Esta parte de la red de producción y comercialización
de las drogas ilegales está controlada por redes de
narcotraficantes que incluyen parcialmente a la guerrilla
y a los paramilitares.
Segundo, si la interceptación tiene éxito bajarán
los precios de la coca y el opio, lo cual es el mejor incentivo
para que el campesinado deje de cultivar. Este fue el caso
en Perú a partir de 1995 cuando los compradores colombianos
dejaron de ir a las zonas peruanas productoras de coca.
Tercero, la interceptación complementa la política
de control territorial del gobierno. No cabe duda de que un
estado moderno que se respete debe controlar no solamente
su superficie terrestre sino también sus espacios aéreos.
Cuarto, la interceptación de aeronaves clandestinas
afecta no solamente al contrabando de exportación de
cocaína y heroína, sino también el posible
contrabando de armamentos, de dólares e insumos químicos
para la industria ilegal y aun la inmigración ilegal.
Es más, unapolítica de no interceptar vuelos
clandestinos implica que el Estado reconozca implícitamente
que quien tenga acceso a una aeronave pueda efectuar cualquier
tipo de contrabando sin problema.
A pesar de las ventajas de la política de interceptación
sobre la fumigación, es necesario enfatizar que su
aplicación debe ser extraordinariamente cuidadosa para
no repetir la tragedia de los misioneros estadounidenses cuyo
avión fue derribado en Perú en abril del 2001.
Es importante aclarar que la política de interceptación
no busca esencialmente tumbar aviones en el aire sino neutralizarlos,
es decir, capturar aviones ilegales en tierra, forzar a aterrizar
a aviones que estén volando sin los permisos oficiales
y derribar aviones que vuelen clandestinamente solamente cuando
éstos rehúsen aterrizar.
Es también indispensable tener conciencia de que la
interceptación y destrucción de aviones clandestinos
no es en sí misma una panacea que resuelve el problema
de las drogas. Los resultados de la política dependen
de la forma en que ésta se aplique. Para que esta política
tenga éxito, en otras palabras para que contribuya
sustancialmente a disminuir los cultivos ilícitos y
el narcotráfico es necesario complementarla con otras.
Por ejemplo, es primordial fortalecer el control sobre el
transporte en los ríos amazónicos y las costas
del país. Es decir, se trata de evitar que las drogas
ilegales salgan de Colombia y que armas e insumos químicos
entren. La meta debe ser no solamente neutralizar aviones
sino crear zonas herméticas en las que el Estado controle
el ingreso y salida de cosas y personas. Sólo así
se logrará atacar en serio al narcotráfico.
De otra forma, lo más que se podría lograr es
un aumento en los costos de la industria ilegal, lo cual,
aunque positivo, podría no ser significativo en términos
de disminuir los cultivos ilícitos y la producción
de drogas ilegales.
La política de interceptación, como muchas otras
contra las drogas ilegales, puede volverse inefectiva cuando
el narcotráfico corrompe a quienes deben ejecutarla.
La experiencia peruana ilustra claramente algunas fallas en
la política que se deben evitar. El programa peruano
empezó en 1990. De acuerdo con cifras de la Fuerza
Aérea, en 1990 se neutralizaron 3 aviones, once en
1991, once en 1992, veinticinco en 1993, quince en 1994 y
veinte en 1995. Estas cifras cayeron sustancialmente en años
siguientes: tres en 1996, diez en 1997, cero en 1998 y 1999,
dos en 2000 y uno en 2001. Hay sectores del gobierno peruano
que atribuyen un gran éxito a esta política.
Sin embargo un escrutinio de las cifras de producción
y precios indica que esta política tuvo muy pocos logros.
Primero, según las Naciones Unidas, entre 1990 y 1995
el área cultivada fluctuó entre 108.600 y 129.100
hectáreas y en 1995 estaba en 115.300. En los años
siguientes se experimentó una caída radical.
Segundo, según esta misma fuente, los precios de la
coca en el Alto Huallaga (en dólares constantes de
2000) fueron muy bajos en 1990 (US$,92 por kilogramo) cuando
el gobierno colombiano estaba luchando contra el narcoterrorismo
que causó la muerte de varios candidatos presidenciales.
Éstos subieron en los años siguientes y se mantuvieron
entre US$2 y US$3 por kilo hasta 1995 cuando volvió
a bajar a US$1,24 llegando a su nivel más bajo en 1996
(US$0,66 por kilo) y 1997 (US$0,77 por kilo) recuperándose
rápidamente en los años siguientes volviendo
a niveles comparables a los más altos de la década
anterior en 2000 (US$2,70 por kilo).
Estas cifras indican que los precios y cultivos de Perú
cayeron cuando el gobierno colombiano encarceló a integrantes
del cartel de Cali y cuando los cultivos de coca en Colombia
ya se habían disparado. Es decir, la interceptación
aérea no tuvo efectos significativos. Más aún,
las cifras son consistentes con las interpretaciones de Fernando
Rospigliosi, el primer ministro del Interior del actual gobierno
peruano quien en su libro Montesinos y las fuerzas armadas,
documenta cómo Vladimiro Montesinos controló
el tráfico de cocaína en Perú desde principios
de la década pasada. Las cifras apoyan la hipótesis
de que el programa de interceptación fue usado por
Montesinos como un arma para destruir la competencia.
foto:
Chano |
El
caso peruano confirma la carencia de una política que
sea una panacea respecto a las drogas ilegales y que ésta
se puede manipular. Sin duda esta política genera menos
“daños colaterales” que otras como la fumigación.
Sin embargo, repitiendo lo que he afirmado ya muchas veces,
como el problema de las drogas no es de política sino
de instituciones y valores, tanto en los Estados Unidos y
Europa como en Colombia. El análisis de la distribución
espacial del consumo y producción de drogas ilegales
muestra que ambos están concentrados en pocos países.
Este patrón es anormal dentro del capitalismo y no
se explica por medio de la rentabilidad de la industria. En
efecto, su alta rentabilidad y bajos requisitos técnicos
y de mano obra hacen esperar que todos los países que
pueden producir drogas ilegales lo estuvieran haciendo. Por
consiguiente, para entender el desarrollo de la industria
de drogas ilegales en un país es necesario explicar
por qué dicho país produce drogas ilegales mientras
que la mayoría no lo hace. La respuesta a esta pregunta
sólo se encuentra en la historia y evolución
de las instituciones y valores del país productor.
Una respuesta semejante se obtiene cuando uno se pregunta
por qué un país consume drogas ilegales y otro
no. En otras palabras, las causas de la producción
y consumo de drogas ilegales se encuentran en las instituciones
y valores que determinan el comportamiento de las personas
y no en la rentabilidad de la industria.
En Colombia la mayoría de los investigadores considera
que las debilidades institucionales y los valores estadounidenses
son las causas fundamentales de la demanda en ese país,
pero a muchos les es difícil aceptar que las debilidades
semejantes de la sociedad colombiana son la causa de que este
país produzca drogas ilegales. En los Estados Unidos
sucede exactamente lo mismo: allá se identifica la
producción con la corrupción y problemas institucionales
de los países primordialmente productores de drogas,
pero el consumo no se percibe como causado por los problemas
institucionales y de valores de la sociedad estadounidense.
Es por eso que en el campo de las drogas ilegales siempre
se sabe que “el otro” es el responsable.
Las políticas prohibicionistas represivas no atacan
las causas profundas del consumo, producción y tráfico
de drogas por lo que en el mejor de los casos mejoran la situación
en el corto plazo pero no resuelven el “problema”.
Es por eso que una política de interceptación
aérea, aun cuando esté complementada por otras
que creen zonas herméticas, lo más que puede
lograr es desplazar los cultivos y el narcotráfico
a otras regiones o países y lo mismo se puede afirmar
respecto de la fumigación. No debe entonces sorprender
a nadie que los cultivos ilícitos se estén expandiendo
en otras zonas de Colombia, Perú y Bolivia y posiblemente
en Ecuador, Brasil y Venezuela y que en todos estos países
y en Panamá el Plan Colombia se perciba como perjudicial
a sus intereses.
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