La
ausencia del debate público sobre los derechos humanos
en Colombia tiene como consecuencia que las Recomendaciones
de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas
para los Derechos Humanos, o se pasen entero o se ignoren
sin valor
por Luis Fernando Maldonado Guerrero
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foto:
Iván Velandia |
Como
un grupo de expertos en derechos humanos, quienes redactan
el análisis de situación y las consecuentes
Recomendaciones, tienen la virtud de plasmar en ellas sus
sentimientos, el impacto que las violaciones les producen,
las tradiciones conceptuales y políticas que los acompañan
y la percepción que tienen de las responsabilidades
estatales y sociales, de la inmensa y compleja gama de los
derechos humanos. Ese solo hecho amerita que el país
asuma un debate público sobre los derechos humanos
y las Recomendaciones. Es que en ellas se articulan saberes,
experiencia y vivencias humanas. Y eso es lo valioso.
El conjunto de Recomendaciones no es mi tema de debate en
esta oportunidad. Tan sólo me dedicaré a dos
de las Recomendaciones. Son las incluidas en el tema de la
Promoción de una cultura de los derechos humanos, e
identificadas con los numerales 27 y 28. Éstos formulan:
“27. El Alto Comisionado recomienda a la Ministra de
Educación incorporar, a partir del inicio de los próximos
calendarios escolares, la enseñanza de los derechos
humanos en los programas de educación primaria y secundaria.
Para ello recomienda que celebre un acuerdo de capacitación
continua con la Defensoría del Pueblo.
28. El Alto Comisionado exhorta al Consejo Superior de la
Judicatura, a la Fiscalía General y a la Procuraduría
General a establecer con la Defensoría del Pueblo convenios
análogos para la formación permanente de sus
funcionarios y empleados en derechos humanos y derecho internacional
humanitario”.
Como toda Recomendación en derechos humanos, las citadas
tienen vida en la medida que respondan a un contexto, permitan
desarrollar un texto y abran camino a una perspectiva viable
y posible.
El contexto
El tema de derechos humanos se ha impuesto en la vida diaria,
local de las personas, tanto porque los riesgos de las violaciones
se han incrementado en la actualidad, como porque figura en
forma directa o indirecta en las agendas de los más
variados foros, conferencias, reuniones, de los gobernantes,
de los ejecutores de la acción política y de
los distintos grupos, en que se ha desarrollado la diversidad
del ser humano. Esa inmensa capacidad para motivar las actividades
de las personas, que son los derechos humanos, no tiene en
nuestro contexto el mismo impacto, y creo que tampoco el mismo
valor.
Que los gobernantes hubieran inscrito el futuro del país
en los escenarios internacionales a favor de una acción
permanente por los derechos humanos, con el compromiso en
la firma de declaraciones, tratados, pactos y convenciones,
no significó un cambio en la vida diaria. Calificados
como instrumentos a favor de la guerrilla, aún hoy
muchos de los defensores de los derechos o al menos defensores
de personas a quienes se les violan sus derechos, son calificados
como enemigos del establecimiento y cómplices de la
guerrilla. Mientras tanto en paralelo, institucionalmente
se tienen organismos del alto gobierno -Vicepresidencia y
el Programa Presidencial de Derechos Humanos, la Dirección
de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, el Ministerio
de Relaciones Exteriores-, organismos del Estado –Procuraduría
General de la Nación, Defensoría del Pueblo,
Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía- y organismos
mixtos –Comisión Intersectorial Permanente para
los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario-
con la responsabilidad de velar porque los servidores públicos
asuman las tareas que les corresponden, en el cumplimiento
de los compromisos internacionales asumidos por los distintos
gobiernos.
Esta cacofonía en el tema tiene como explicación
que los compromisos internacionales son asumidos por los gobernantes
como compromisos formales, de cuyo cumplimiento sólo
se da cuenta si se arrecia el peligro de que los organismos
internacionales de derechos humanos se dispongan a definir
alguna sanción al país, tanto por los incumplimientos
como por las violaciones. Esta actitud niega que el tema de
los derechos humanos se convierta en un tema de debate público,
el que fortalece y da calidad a la democracia. Por consecuencia
es la actitud que impide aplicar la Recomendación,
tal como está formulada por la Oficina del Alto Comisionado.
Si este fuera el único nivel del contexto que impide
la aplicación de las Recomendaciones, vaya y venga.
Más compleja es la situación si se examina cómo
se han asumido por los economistas, bien porque son el Banco
de la República o del Ministerio de Hacienda o de Planeación
Nacional o la mayoría de quienes participan del debate
público de las cifras económicas, que no es
el debate del bienestar y de las articulaciones de los modelos
económicos con el bienestar de las personas. El cumplimiento
de las responsabilidades internacionales en derechos humanos
debe verse en función de las condiciones y perspectivas
económicas del país, han dicho.
Lo que tiene como consecuencia que la Promoción de
una cultura de derechos, cuya tasa de realización en
la mejora de la calidad de vida de las personas es bastante
lejana, significa un gasto, poco rentable, al que no hay que
hacer esfuerzos hasta que el crecimiento económico
permita mediante el sistema de gota a gota, derivar recursos
hacia la satisfacción de los derechos.
Y, esto, con quienes los ven como posibilidad. Porque hay
economistas prestantes que siguiendo lecturas internacionales
consideran que la formación del estado comunitario
o la sostenibilidad del modelo económico de crecimiento
no deben considerar los derechos humanos individuales, toda
vez que ante una reclamación individual, los programas
y presupuestos económicos pueden alterar las cifras
globales. Y, también los hay, que consideran que los
valores individuales, sociales, colectivos o políticos,
en los que descansan los derechos y las identidades de grupos
específicos de población, sólo se pueden
atender si son elementos del mercado. Con lo cual los mercados
sienten, piensan, son racionales y actúan. Mientras
tanto la dignidad humana de amplias capas de la población
o de los grupos que requirieren un reconocimiento y una identidad
propia, es aplastada de un golpe.
A la ausencia de debate, le sumamos la escasez de recursos
económicos, y le agregamos el contexto institucional
del sistema educativo.
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