Hacia
una cultura de la planeación participativa
por Ricardo Villamarín
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En
1991 se presentan cambios profundos y sustanciales en la sociedad
casanareña: de una parte, con la promulgación
de la Constitución Política se convierte a la
intendencia en nuevo departamento, se produce la primera elección
popular de Gobernador, y se impulsan los procesos de descentralización
y modernización del Estado; por otra, se declara la
comercialidad de Cusiana, el hallazgo petrolero más
importante en el ámbito nacional, induciendo un cambio
acelerado de una sociedad tradicional y aislada del contexto
nacional, a una cada vez más insertada en el proceso
de la globalización; y –en materia de participación
ciudadana– se incorporan 8 municipios al Plan Nacional
de Rehabilitación (PNR), lo que permite la transferencia
de la metodología de gestión pública
“participativa, transparente y eficiente”, que
acercaba el Estado a la comunidad.
En pleno auge de la explotación petrolera y con el
entusiasmo producido por una nueva Constitución más
democrática, descentralizada, pluralista, participativa
y que reivindicaba la autonomía de las entidades territoriales,
la experiencia de los Consejos Municipales de Rehabilitación
se aplica en los 19 municipios del departamento bajo la figura
de los Consejos de Participación Ciudadana (CPC), los
cuales operaban como verdaderas asambleas populares para la
priorización del gasto público social.
Cusiana. Foto Chano |
Infortunadamente este proceso democrático de planeación
participativa no tuvo continuidad después de 1995,
por tres razones fundamentales: El PNR se transformó
en Red de Solidaridad Social, cambiándose el enfoque
político por uno más asistencial. El cambio
de administración departamental que desplazó
el énfasis en la participación ciudadana al
énfasis en el fortalecimiento institucional del departamento,
abandonado los CPC como espacios de encuentro del Estado con
la Sociedad Civil. Y la sociedad civil no había logrado
niveles importantes de empoderamiento, considerándose
la participación como un “favor” del gobernante
y no como un derecho y un deber ciudadano.
No obstante lo anterior, la Ley 152/94 reglamentó la
conformación de los Consejos Territoriales de Planeación
(creados por el artículo 340 de la Constitución
Nacional) y, gracias al impulso dado por el Consejo Nacional
de Planeación con la convocatoria al Primer Congreso
Nacional de Planeación (1995), se empiezan a conformar
los Consejos Territoriales (CTP). Se trataba de espacios relativamente
pequeños donde había representación de
los sectores económico, social, educación, salud
y medio ambiente, que no contaron con un proceso previo de
información y sensibilización hacia la comunidad
sobre los alcances, potencialidades y limitaciones de la planeación
participativa.
El inicio de los CTP se da en un contexto territorial caracterizado
por los impactos derivados de la explotación y la bonanza
petrolera, una gran expectativa a nivel local por la inversión
de los recursos de las regalías, una población
dispersa, fragmentada y con bajos niveles de organización,
una profunda crisis institucional derivada de la destitución
del gobernador y la realización de un nuevo debate
electoral, y el creciente deterioro del orden público
por la disputa del control territorial entre la guerrilla,
en las zonas de cordillera, y grupos paramilitares, en las
zonas de piedemonte y sabana.
En este contexto y con el apoyo del Gobierno Departamental
se adelanta durante 1997 el proyecto de “fortalecimiento
a la planeación participativa”, el cual coincidió
con el debate para la elección de alcaldes y gobernadores
para el período 1998 – 2000 y que fue muy rico
en cantidad y calidad de experiencias, cuyo mejor reconocimiento
fue la publicación de 13 de las 19 Trochas Municipales,
iniciativa impulsada por el Consejo Nacional de Planeación.
A finales de 1997 se tenían conformados los 19 CTP
y el Consejo Departamental se había posicionado como
vocero y garante de la planeación participativa en
el Departamento. Sin embargo, debido a la falta de experiencia
en el manejo de las relaciones de estos espacios de la sociedad
civil con los entes gubernamentales, no se asumió una
actitud proactiva y propositiva para la renovación
de los CTP, dejando la iniciativa en las nuevas autoridades
de planeación. El resultado fue funesto: la mayoría
de las administraciones terminaron excluyendo a los consejeros(as)
más activos, reemplazándolos con criterios clientelistas
y perdiéndose la dinámica que se traía,
dejando en entredicho la sostenibilidad del proceso.
Durante el trienio 1998 – 2000 la falta de voluntad
política hacia la planeación participativa determinó
que los Consejos Territoriales entraran en una crisis sistémica
(de identidad, de legitimidad y de financiamiento) y el proceso
quedó bajo la responsabilidad de algunos consejeros(as)
municipales comprometidos y del Consejo Departamental de Planeación,
el cual mantenía alguna dinámica gracias a la
realización periódica de sus reuniones y al
hecho de haber logrado introducir en la Ordenanza Departamental
un artículo donde se establecía la obligación
del Gobierno Departamental de brindar el apoyo logístico
requerido para el ejercicio de la planeación participativa.
Dos elementos coyunturales permitieron mantener vigentes los
CTP: la discusión sobre la participación en
la formulación de los POT (Ley 388/97), y la convocatoria
a la Trocha Nacional Ciudadana que fue presentada a consideración
de los candidatos a la Presidencia de la República
para el período 1998 – 2002.
En el momento de la campaña electoral para el período
2001 – 2003 el panorama de los Consejos de Planeación
era desconsolador: la mayoría estaban desintegrados,
los consejeros(as) desmotivados(as) y había una inmensa
frustración sobre la viabilidad de la planeación
participativa. En esas condiciones y ya bajo las nuevas administraciones,
se repite el proceso vivido anteriormente y los “nuevos”
Consejos de Planeación son reestructurados de manera
formal y sólo tenidos en cuenta para dar el concepto
sobre los nuevos planes de desarrollo.
En estas circunstancias el Consejo Departamental de Planeación
se plantea por primera vez la elaboración de un Plan
de Acción para concentrar esfuerzos en la conformación
del Sistema Departamental de Planeación, empezando
por la reactivación de los CTP municipales y la promoción
de espacios de encuentro para intercambiar experiencias.
Así, con un pequeño apoyo del Gobierno Departamental
y de la industria petrolera (Asociación Santiago de
las Atalayas) se logró una cierta reactivación
del proceso que posibilitó la realización de
dos Congresos Departamentales de Planeación, una mínima
capacitación a los consejeros(as) sobre la evaluación
y seguimiento a los planes de desarrollo, la participación
en los Congresos Nacionales de Planeación realizados
en Pereira (2001) y Manizales (2002), así como una
presencia activa en las reuniones del Sistema Nacional de
Planeación.
Este nuevo aire en el proceso ha permitido plantear nuevos
interrogantes que tienen que ver con la legitimidad de los
consejeros de planeación frente a los sectores que
dicen representar; la construcción de un relacionamiento
diferente con las autoridades de planeación que permita
la interacción permanente y la interlocución
activa, facilitando el acceso a la información de una
manera suficiente y oportuna; y sobre todo, preguntarnos:
¿Cuáles son los obstáculos que impiden
a los CTP movilizar a los pobladores hacia la democratización
de la vida local y la planeación participativa del
desarrollo territorial?
La búsqueda de respuestas a estos interrogantes ha
sido intuitiva, empírica y nada sistemática,
apostándole a la falta de voluntad política
–expresada en escasez de recursos y falta de reconocimiento–
como el principal limitante para dinamizar y empoderar a los
CTP.
La
experiencia vivida hasta el momento ha puesto en evidencia
que la participación sólo puede jugar un papel
determinante en la orientación de las políticas
públicas y en la transformación de las relaciones
entre el Estado y la sociedad civil, si se cumplen dos condiciones
“de una parte, una decidida voluntad de los gobiernos
(nacional, regionales y municipales) de crear las oportunidades
para el ejercicio de la participación. De otra, la
existencia de ciudadanos y ciudadanas, de organizaciones sociales
y de agentes participativos que hagan uso de esas oportunidades
y las traduzcan en acciones encaminadas a democratizar y cualificar
los resultados de la gestión pública.”
Como lo plantean Fabio Velásquez y Esperanza González.
Por todo lo anterior es urgente en términos del proceso
aprender a aprender de las experiencias, es decir, producir
conocimiento pertinente a partir de la propia práctica
social para potenciarla en el contexto de la construcción
de una cultura democrática participativa.
Este será uno de los retos del III Congreso Departamental
de Consejos Territoriales de Planeación de Casanare,
que se realizará en el mes de octubre del presente
año.
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