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Si
yo pudiera, seguiría haciendo investigación
de terreno en el Chocó. Hoy por hoy, la guerra abortó
el intento de comprender la cultura de los afrochocoanos mediante
conversaciones y observaciones como las que realicé
entre mayo de 1992 y octubre de 1995. Hasta entonces, combinaba
mis clases en el Departamento de Antropología de la
Universidad Nacional de Colombia con expediciones etnográficas
al valle del río Baudó. En ellas participaron
mis estudiantes con tal ahínco que la mayoría
se graduó con trabajos sobre la gente afrocolombiana
que creó esos paisajes
Es
insuperable la frustración que causan los intentos
de todos los guerreros por monopolizar esas tierras. Duele
el no poder navegar libremente esas aguas o andar esos caminos,
pero mucho más el destierro forzado de miles de afrodescendientes.
Es irónico que esa ignominia se haya agravado después
de 1997, cuando esos pueblos ya comenzaban a recibir del Instituto
Colombiano de la Reforma Agraria aquellas escrituras acreditándolos
como propietarios colectivos de los territorios que crearon
sus antepasados.
Desde el primer viaje al Baudó, me maravilló
el sentipensamiento de los afrocolombianos de esa región
chocoana. Me di cuenta de que no sólo eran personas
que para nada inhibían la expresión de sus emociones,
sino que las mantenían unidas con sus pensamientos,
como pudimos apreciarlo en los entierros de sus muertos. Convivían
en paz con sus vecinos los indígenas emberáes
y se sentían parte de bosques y ríos. Les tenían
nombres y usos a todos los miembros de los reinos vegetal
y animal, e inclusive llevaban a cabo ritos para hermanarse
con plantas y animales.
En gran medida, el sentipensamiento afrobaudoseño depende
de un pasado que continúa vivo y el cual comenzó
a desplegarse desde mediados del siglo XVI, cuando empezaron
a llegar a Cartagena los cautivos que los tratantes portugueses
habían capturado en el valle del río Congo del
África central. En el litoral Pacífico, a partir
de 1640, esas y otras personas africanas hicieron posible
la minería del oro. Estaban afiliados con los pueblos
áncicos, tekes, kongos y ngolas; hablaban lenguas de
la familia bantú, y portaban lo que hoy se denomina
Muntu, una filosofía entre cuyas máximas sobresalen,
en primer lugar, la de la unidad que forma la gente con el
medio que la rodea y con sus antepasados, y en segundo lugar
la referente a que la música consiste en el medio de
lograr esa doble integración. Entonces, no es de extrañar
que esas personas hubieran llegado portando taxonomías
complejas y conocimientos muy perfeccionados y sobre las plantas
y árboles de las selvas tropicales húmedas,
y que despidieran a sus muertos mediante cánticos que
darían origen a los alabaos de hoy.
Además de esas huellas o rastros de africanía,
el pasado al cual me refiero también está hecho
de diálogos entre los afrobaudoseños y los indígenas
emberáes. Parecería ser que desde la Amazonia
estos últimos hubieran llevado al Chocó las
zoteas. De estos jardines suspendidos en el aire se apropiaron
las mujeres negras, y los convirtieron en sitios privilegiados
para la agricultura femenina, donde además inician
el ritual mediante el cual vuelven a las personas hermanas
de las plantas.
Las
zoteas son las tarimas de madera que uno ve a los lados de
las casas y en las orillas de los ríos del Chocó.
Sobre esas plataformas, las mujeres montan materas hechas
de ollas viejas, antiguos recipientes de aceite vegetal o
canoas desvencijadas. Las rellenan con aquellas bolitas de
tierra que las hormigas dejan a la entrada de sus hormigueros,
y que con la ayuda de sus hijos, hijas y maridos, las mujeres
traen desde el monte valiéndose de palanganas, platones
y baldes. En ese suelo fértil siembran aliños
para los sancochos de pescado o los pasteles de maíz;
descansel para hacerse baños durante la menstruación
y la preñez, y hasta yerbas para preparar aquellas
pócimas que amarren a los maridos infieles y disuadan
a las amantes seductoras.
Sin embargo, lo que les confiere valor simbólico a
las zoteas son las semillas que ellas plantan cuando se dan
cuenta de que han quedado preñadas. Durante todo el
embarazo cuidan la planta que germina y la trasplantan el
día o la noche del alumbramiento, junto con la placenta
y el cordón umbilical de la criatura recién
nacida. En lugares del Alto Baudó como Chigorodó,
las madres prefieren las palmeras de coco, y les enseñan
a sus hijos e hijas no sólo a distinguir la que crece
alimentándose mediante el respectivo saco vitelinozo,
sino a denominarla mi ombligo.
Asimismo les enseñan a identificar aquellos árboles
que representan los ombligos de sus familiares. Esta manera
de establecer un parentesco espiritual con los seres vegetales
nos permitió comprender el procedimiento de uno de
los sabios de Chigorodó, cuando iba hasta el arrozal
que tenía río arriba. En efecto, terminado el
primer ascenso de la serranía, Don Justo Daniel Hinestrosa
se detenía frente a un sajo enorme, se quitaba el sombrero
y le recitaba una plegaria al ombligo de su abuela.
Por fuera del Congo, otros antepasados de los afrodescendientes
del Chocó como los fanties, ashanties, añis
y baulés de Ghana y Costa de Marfil también
mantienen tradiciones comparables. Inclusive requieren que
a los difuntos los sepulten debajo de los árboles que
sus madres sembraron con sus ombligos. Esta usanza ya no tiene
lugar en sitios como Chigorodó en el Alto Baudó.
No obstante, los deudos sí marcan el lugar de las «ruturas»
o tumbas donde depositan a sus muertos mediante el arbusto
sagrado que se conoce con el nombre de palma de Cristo. Y
en lugarescomo Boca de Pepé en el medio Baudó,
enormes ceibas y guayacanes reemplazan las lápidas
que usamos en los cementerios católicos. Empero, en
uno y otro lugar, cada primero de noviembre uno podía
ver a hombres y mujeres aferrados a palmas de Cristo y ceibas,
hablando con sus padres y madres ya fallecidos. Entonces,
como símbolo de vida, un árbol nacido en una
zotea marca el nacimiento de la persona, y otro plantado el
día de su muerte, indica tanto el ingreso de esa persona
al mundo de los antepasados, como el sitio desde el cual los
deudos pueden comunicarse con ella.
Los guerreros de los distintos bandos no nos dieron tiempo
para averiguar si la preservación de los bosques y
las aguas del Baudó dependía de que su gente
percibiera las selvas como los pueblos donde habitaban los
ombligos de sus antepasados. Eso sí, era indudable
que quienes no se hermanaban con la naturaleza, la convertían
en cementerio de árboles.
Desde que trabajo con los desterrados del Chocó que
viven en Bogotá, me ronda el interrogante de qué
hacer con esa sapiencia milenaria, luego de ser desarraigada
de los escenarios que le dieron sentido. ¿Será
posible hacer zoteas urbanas como medio de enfrentar efectos
del destierro tan nefastos como el del hambre cotidiana? ¿Podrán
las zoteas convertirse en medios de llevar a cabo aquellos
cultivos hidropónicos que han sido introducidos en
algunos barrios de personas pobres de las grandes ciudades?
Esos y otros interrogantes podrían convocar a quienes
no perciben al Chocó como destino de salvajismo, sino
como escenario de una sabiduría sentipensante que contiene
claves para la sobrevivencia de la humanidad. En esta coyuntura
me parece utópico convencer a los guerreros de que
estos propósitos son más altruistas que el del
monopolio territorial para criar reses o llevar a cabo comercios
poco lícitos. Sin embargo, además de semejante
alternativa, es difícil imaginar otras opciones para
salvaguardar ese ambiente y los derechos de quienes han hecho
posible la diversificación, permanencia y engrandecimiento
de esos paisajes.
El ombligo de don Justo Chigorodó. 1992 |
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