
fotos: Chano |
Al escuchar “La Guajira”, por nuestra mente pasan
diferentes imágenes y nombres de algunos lugares aprendidos
en los años de nuestra primaria y bachillerato: desierto,
indígenas, mar de playas exuberantes, Bahía
Portete, Cabo de la Vela, Punta Gallinas, Manaure y El Cerrejón.
La Guajira es sin lugar a dudas uno de nuestros departamentos
que la gran mayoría de colombianos identifica y sabe
en qué parte de nuestra diversa geografía se
encuentra. ¿Será porque el mapa se vería
feo e incompleto sin esta gran península? ¡Claro!
Por todo lo mencionado anteriormente y por mucho más,
no podemos dejar de interesarnos por esta región particularmente
bella. esde el desierto que rodea la carretera que va al Cabo
para encontrarse con aquel sitio de arenas desérticas
unidas al mar; “El pilón de Azúcar”,
donde la mayoría de los que visitan La Guajira quieren
llegar.
El pueblo históricamente fue resistente a las invasiones
inicialmente entre indígenas (Caribes y Guajiros) y
posteriormente a los españoles, desde la época
en que Juan de Castellanos registró las tierras del
Cabo de la Vela hacia el año de 1559. Muchos son los
relatos maravillosos que se tejen alrededor de esta tierra
olvidada. Dicen sus habitantes que en varias ocasiones, el
asesinato directo o indirecto de un integrante de la cultura
Wayúu, puede llegar a costar hasta doscientos millones
de pesos a quien lo ocasione.
En la inmensa Guajira se escuchan historias como ésta:
“Veníamos del Cabo con un cargamento de tortuga
con destino a Santa Marta, justo era época de escasez
cuando este reptil puede llegar a costar hasta un millón
de pesos, por eso la prisa era tal que sólo pensábamos
en evadir los controles de la Policía o del Ejército.
De repente caímos en uno de esos huecos grandísimos
que hay en el desierto y la camioneta rodó. Uno de
los ayudantes se salió del vehículo y éste
le cayó encima. No hubo nada que hacer, estaba muerto.
Lo trasladamos a Uribia y allí empezó el tira
y afloje con la familia. Empezó a exigirme doscientos
millones de pesos por el muerto. –Yo qué le iba
a dar todo eso. Con toda esa plata me armo yo y mi familia
y nos matamos, y seguro me sale más barato. Después
de un buen tiempo de negociación llegamos a un acuerdo,
el difunto me costó quince millones de pesos, los que
terminaré de pagar en dos años”.
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Por sus características sociales, naturales, culturales
y productivas, La Guajira se divide en tres zonas: Alta, Media
y Baja. Es en las dos primeras donde se concentran en mayor
número los integrantes de la comunidad Wayúu,
uno de los símbolos más representativos del
departamento, así no sean originarios de este lugar
que desde el siglo XVI se disputan Caribes, Guajiros y Arhuacos.
Los Wayúu han centrado su economía en el comercio
y la ganadería, que se originó siglos atrás
con el intercambio comercial llamado “peruleo”,
una especie de trueque entre perlas marinas y el ganado vacuno
propiedad de los españoles.
La Guajira, tierra lejana y misteriosa, paso obligado de contrabandistas
y negociantes de armas y de drogas que han querido establecerse
en sus predios, lejos del alcance del control del Estado,
que sólo hasta en los años 80 hizo presencia
a raíz de la explotación conjunta de carbón
con el consorcio Exxon.
El gran potencial minero, paisajístico, humano y de
recursos naturales que tiene la península no le ha
alcanzado para desterrar del imaginario colectivo el ensombrecimiento
que cae sobre su territorio por los atracos permanentes en
las carreteras, la violencia, el abuso en los precios y la
escasa información a los turistas. Todo esto empieza
a reducir el interés por conocer y disfrutar esta parte
de Colombia.
La Guajira, a pesar de contar con un buen porcentaje de dinero
proveniente de las regalías que aportan El Cerrejón
y Manaure, y en un futuro los beneficios del nuevo parque
Eólico Jepírachi, que actualmente está
construyendo Empresas Públicas de Medellín entre
las rancherías de Arutkajuy y Kasiwolin, aprovechando
los vientos del nordeste provenientes del Cabo de la Vela,
refleja la realidad de muchos de nuestros departamentos. Una
muestra de la poca inversión social por parte de los
encargados de manejar estos recursos. Claro está que
algunos de sus pobladores afirman con algo de sorna que sí
hay inversión, pero que lo que pasa es que no se hace
un buen aprovechamiento de ésta.
Por ahora todos coinciden en que es importante dar una mirada
a cada una de las partes responsables; el buen uso de los
recursos en todas sus manifestaciones, un trato más
afable y justo con los turistas y, desde luego, continuar
fortaleciendo la convivencia cultural de los grupos humanos
(indígenas y “alijunas”) que en esta región
se encuentran, harán que los colombianos quieran conocer
y visitar La Guajira.
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