La Guajira,
más que inmensidad y lejanía
 
sección

 

 

 

por Fabián Barrera



fotos: Chano

Al escuchar “La Guajira”, por nuestra mente pasan diferentes imágenes y nombres de algunos lugares aprendidos en los años de nuestra primaria y bachillerato: desierto, indígenas, mar de playas exuberantes, Bahía Portete, Cabo de la Vela, Punta Gallinas, Manaure y El Cerrejón.

La Guajira es sin lugar a dudas uno de nuestros departamentos que la gran mayoría de colombianos identifica y sabe en qué parte de nuestra diversa geografía se encuentra. ¿Será porque el mapa se vería feo e incompleto sin esta gran península? ¡Claro! Por todo lo mencionado anteriormente y por mucho más, no podemos dejar de interesarnos por esta región particularmente bella. esde el desierto que rodea la carretera que va al Cabo para encontrarse con aquel sitio de arenas desérticas unidas al mar; “El pilón de Azúcar”, donde la mayoría de los que visitan La Guajira quieren llegar.

El pueblo históricamente fue resistente a las invasiones inicialmente entre indígenas (Caribes y Guajiros) y posteriormente a los españoles, desde la época en que Juan de Castellanos registró las tierras del Cabo de la Vela hacia el año de 1559. Muchos son los relatos maravillosos que se tejen alrededor de esta tierra olvidada. Dicen sus habitantes que en varias ocasiones, el asesinato directo o indirecto de un integrante de la cultura Wayúu, puede llegar a costar hasta doscientos millones de pesos a quien lo ocasione.

En la inmensa Guajira se escuchan historias como ésta: “Veníamos del Cabo con un cargamento de tortuga con destino a Santa Marta, justo era época de escasez cuando este reptil puede llegar a costar hasta un millón de pesos, por eso la prisa era tal que sólo pensábamos en evadir los controles de la Policía o del Ejército. De repente caímos en uno de esos huecos grandísimos que hay en el desierto y la camioneta rodó. Uno de los ayudantes se salió del vehículo y éste le cayó encima. No hubo nada que hacer, estaba muerto. Lo trasladamos a Uribia y allí empezó el tira y afloje con la familia. Empezó a exigirme doscientos millones de pesos por el muerto. –Yo qué le iba a dar todo eso. Con toda esa plata me armo yo y mi familia y nos matamos, y seguro me sale más barato. Después de un buen tiempo de negociación llegamos a un acuerdo, el difunto me costó quince millones de pesos, los que terminaré de pagar en dos años”.

Por sus características sociales, naturales, culturales y productivas, La Guajira se divide en tres zonas: Alta, Media y Baja. Es en las dos primeras donde se concentran en mayor número los integrantes de la comunidad Wayúu, uno de los símbolos más representativos del departamento, así no sean originarios de este lugar que desde el siglo XVI se disputan Caribes, Guajiros y Arhuacos. Los Wayúu han centrado su economía en el comercio y la ganadería, que se originó siglos atrás con el intercambio comercial llamado “peruleo”, una especie de trueque entre perlas marinas y el ganado vacuno propiedad de los españoles.

La Guajira, tierra lejana y misteriosa, paso obligado de contrabandistas y negociantes de armas y de drogas que han querido establecerse en sus predios, lejos del alcance del control del Estado, que sólo hasta en los años 80 hizo presencia a raíz de la explotación conjunta de carbón con el consorcio Exxon.

El gran potencial minero, paisajístico, humano y de recursos naturales que tiene la península no le ha alcanzado para desterrar del imaginario colectivo el ensombrecimiento que cae sobre su territorio por los atracos permanentes en las carreteras, la violencia, el abuso en los precios y la escasa información a los turistas. Todo esto empieza a reducir el interés por conocer y disfrutar esta parte de Colombia.

La Guajira, a pesar de contar con un buen porcentaje de dinero proveniente de las regalías que aportan El Cerrejón y Manaure, y en un futuro los beneficios del nuevo parque Eólico Jepírachi, que actualmente está construyendo Empresas Públicas de Medellín entre las rancherías de Arutkajuy y Kasiwolin, aprovechando los vientos del nordeste provenientes del Cabo de la Vela, refleja la realidad de muchos de nuestros departamentos. Una muestra de la poca inversión social por parte de los encargados de manejar estos recursos. Claro está que algunos de sus pobladores afirman con algo de sorna que sí hay inversión, pero que lo que pasa es que no se hace un buen aprovechamiento de ésta.

Por ahora todos coinciden en que es importante dar una mirada a cada una de las partes responsables; el buen uso de los recursos en todas sus manifestaciones, un trato más afable y justo con los turistas y, desde luego, continuar fortaleciendo la convivencia cultural de los grupos humanos (indígenas y “alijunas”) que en esta región se encuentran, harán que los colombianos quieran conocer y visitar La Guajira.

 

 


 
 
 

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