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El
tema de la adecuada relación entre el nivel central
del Estado colombiano y la diversidad regional es una asignatura
pendiente para toda la sociedad colombiana. Hemos venido,
en la perspectiva histórica, ‘manejando’
el problema, pero sin darle una solución definitiva
y por ello reiteradamente aparece en el abanico de los problemas
nacionales. A veces como resultado de políticas que
van en contravía de la descentralización, como
la congelación de regalías por el nivel central,
otras por acusaciones de malos manejos de recursos a niveles
regionales o locales, en fin, otras asociadas a problemas
de gobernabilidad y legitimidad de gobiernos regionales
Por
Alejo Vargas Velásquez |
El
origen del Estado-Nación como forma de organización
política de la sociedad se asocia a los procesos de
la modernidad, en contraposición con formas previas
de ejercicio del poder político, podemos decir, con
varios autores, que se han ocupado del tema, que el Estado-Nación
es un producto histórico, una creación humana,
condicionada por ciertas circunstancias de la vida asociada
y en respuesta a ella.
En el caso colombiano la fragmentación regional que
caracteriza inicialmente el proceso de constitución
del Estado-Nación lo va a marcar de manera muy importante,
al generar situaciones de exclusión. La región,
como concepto, da cuenta de las relaciones sociales en un
sentido amplio, incluyendo la economía como lugar particular
de producción; lo político por cuanto la región
expresa un fraccionamiento particular entre sectores sociales;
lo ideológico, ya que lo regional se basa en un sentimiento
de unidad interna y de cohesión en relación
con las otras regiones, lo que habitualmente se asocia al
concepto de identidad.
La geografía colombiana ha tenido una gran incidencia
para que existan regiones socioeconómicas claramente
diferenciadas, en las cuales se han desarrollado formas culturales
específicas, que en determinadas épocas del
desarrollo histórico de la nacionalidad colombiana
han tenido su particular preponderancia y su decisiva influencia.
Existen unas macro-regiones históricas que han tenido
a lo largo de nuestro discurrir nacional una presencia específica.
La anterior situación, agravada por el aislamiento
de las regiones entre sí, produjo efectos claros en
términos del poder político regional, ya que
en cada una de ellas se desarrollaron élites económico-políticas
que pugnaban por predominar hegemónicamente en el conjunto
del país. Estas pugnas se agravaron una vez obtenida
la independencia de España y se hicieron más
patentes ante la carencia de un Estado Nacional conformado
y permiten a su vez explicar parte de las guerras civiles
que se presentaron en la naciente república en el siglo
XIX y muchas de las tesis federalistas que con distintos matices
hicieron carrera en esa época.
En la medida en que cada región predominaba económicamente
en el contexto del país, allí se ubicaba lo
fundamental del poder político (expresado casi siempre
en el cargo de Presidente de la República) y es de
esta forma que en la época temprana de la república
se suceden períodos políticos de predominio
de las diversas regiones, acompañados de los períodos
de auge económico de las mismas.

Fotos
Luis Barros Pavajeau |
La existencia de estas grandes regiones dentro del país,
sólo inician un proceso de integración en la
medida en que se estructura un Estado Nacional en lo político,
y en lo económico en la articulación producida
alrededor del auge y consolidación de la economía
cafetera como principio de conformación de un mercado
nacional.La relación entre la región y la Nación
está atravesada por la construcción social de
las regiones y éste es un proceso histórico
dinámico y conflictivo y es en medio del mismo que
se da el surgimiento de las sociedades regionales y simétricamente
la estructuración de la Nación. Ahora bien,
las condiciones estructurales de las sociedades regionales
tradicionalmente excluyentes, han sido uno de los grandes
generadores de condiciones de violencia. En múltiples
regiones, históricamente a la mayoría de sus
pobladores se les ha considerado como ‘extraños
en su propia región’ y se les ha excluido de
la participación en lo económico, negándole
acceso a las posibilidades de recursos para su reproducción
familiar y social, de la participación política,
monopolizada por mecanismos de intermediación clientelistas
fuertemente basados en lealtades personalizadas, de la participación
social, en la toma de decisiones que atañen a su vida,
de la participación en lo cultural, al considerar los
elementos culturales propios como algo proscrito.
A esto se suma una ausencia relativa del Estado en la región
y la carencia de una política pública reformista
con pretensiones de contribuir a la solución de carencias
y necesidades de los pobladores regionales. La desarticulación
regional en Colombia es un factor altamente asociado a la
violencia, pero en la medida en que las identidades regionales
priman sobre la nacional, la superación de la violencia
pasa por una rearticulación del Estado-Nación
basado en un fortalecimiento de la región.
Los intentos de solución
Si miramos el tema en la perspectiva histórica, el
reto a que se enfrentaron las élites dirigentes después
de la independencia frente a España, fue cómo
construir la ‘nación recién inventada’.
Y en ese sentido podríamos decir que fueron similares
a los de construcción del Estado-Nación, esto
es resolver los siguientes problemas: construir un ejército
nacional, una administración pública (que implica
un sistema de administración de justicia, un sistema
tributario, relaciones con otros Estados-Nación), consolidar
la identidad nacional y articular una economía de mercado.
Frente a estos desafíos lo que existía era un
país en ciernes, fragmentado territorial, geográfica,
económica y políticamente, con precarios o inexistentes
niveles de identidad nacional, de sentirse parte de una misma
comunidad política, con economías regionales
altamente diferenciadas y en precario nivel de desarrollo
con predominio del comercio de importación-exportación
en la Costa Atlántica, de la economía minera
en la región antioqueña, de pequeña propiedad
artesanal en el oriente del país, y de una estructura
hacendataria (esclavista o no) en otras regiones del país.
Buena parte de los conflictos regionales en la segunda mitad
del siglo XIX, conocidos como ‘guerras civiles’
tuvieron como pretexto la organización territorial
del régimen político, expresado en la dupla
centralismo versus federalismo, aunque en muchas ocasiones
lo que realmente mostraban eran tensiones entre élites
locales y regionales.
El primer intento de zanjar esta controversia se va a realizar
de manera autoritaria en el proyecto de la Regeneración,
en la cual se da una centralización forzosa, lo cual
solamente sirvió para aplazar la resolución
del tema. Sin embargo, la concreción real de esta centralización
política y administrativa se va a producir con los
desarrollos normativos del quinquenio del general Rafael Reyes,
que no sólo acaba con los Estados regionales que venían
del siglo anterior y crea los Departamentos, sino que los
priva de rentas propias y de capacidades administrativas y
políticas.
Todo esto lleva progresivamente a evidenciar, en la segunda
mitad del siglo XX, una contradicción entre regionalización
real, ligada a dinámicas socioeconómicas y culturales
de largo plazo y una regionalización formal producto
de la creación de fronteras político-administrativas
entre Departamentos, muchos de ellos creados más por
razones de orden político-electoral que por búsqueda
de racionalidades en términos del desarrollo. Por ello
desde mediados de los años 70, con la entrada en escena
de una nueva forma de lucha social, los denominados ‘paros
cívicos regionales’, en su gran mayoría
por problemas de servicios públicos (carencia, deficiencia
en su prestación o tarifas) se coloca de nuevo en la
agenda nacional, durante el gobierno de Alfonso López
Michelsen y su propuesta de Asamblea Constituyente, la mirada
del problema de la regionalización, como se denominó
en ese momento o de la descentralización, como se comienza
a denominar a partir de los años 80.
La descentralización, que comienza a impulsarse en
los 80 como parte de los procesos de reforma del Estado estimulado
por los organismos internacionales, antes que ser considerada
como una forma de profundizar la democracia en la sociedad,
transfiriendo a los entes territoriales y a sus habitantes
la capacidad de tomar decisiones y los recursos necesarios
para esto (lo que en sentido estricto sería la descentralización),
lo que hizo fue transferir a los entes territoriales la ejecución
de la política social (estrictamente hablando una desconcentración
de funciones), pero manteniendo el nivel central una gran
capacidad de control y de toma de las decisiones. Es decir,
al tiempo que se impulsaba la “descentralización”
se centralizaba más la toma de decisiones a través
del control sobre los mecanismos de financiamiento. Por ello,
podemos afirmar que la descentralización ha sido una
política pública solamente funcional al proceso
de modernización del Estado, buscando cada vez una
acción más eficiente de éste y no un
mecanismo de ampliación de la democracia.
La vigencia del tema
Ahora bien, el hecho que los debates acerca del federalismo
como forma de organización del Estado-Nación
estén de nuevo sobre el tapete, que haya movimientos
regionales importantes como los de los gobernadores del sur
del país y el estímulo que han tratado de darle
a procesos de regionalización, que a su vez hayan comenzado
a expresarse políticamente a través de las Constituyentes
Departamentales (Tolima, Nariño, Antioquia), que el
propio Presidente Uribe en los compromisos de campaña
haya propuesto la idea de la regionalización, nos está
indicando que este tema de la organización territorial
del Estado-Nación colombiano es una tarea inconclusa
a la cual debemos dedicarle los colombianos esfuerzos en los
próximos años.
Las reformas al Estado-Nación deben garantizar una
nueva situación de mayor legitimidad y un papel del
mismo como garante para todos los asociados de condiciones
de convivencia y de desarrollo, en un contexto de creciente
interdependencia económica regional y de globalización,
con la certeza, como lo anota Luis Fernando Aguilar Villanueva,
que aquellos Estados-Nación con fuerte integración
social... tendrán mayores oportunidades de lidiar con
los condicionamientos externos, podrán posicionarse
más efectivamente frente a las corrientes globalizadoras
y hasta conducirán en cierto grado, y lograrán
integrarse con mayor provecho a los bloques regionales pudiendo,
sin duda, afrontar en mejor medida los grandes retos del futuro.
Es altamente probable que la salida a este ciclo de violencia
con intenciones políticas que llamamos conflicto interno
armado, conlleva a que la sociedad colombiana sea capaz de
resolver el problema regional, de tal manera que se fortalezca
la unidad nacional dentro de un contexto de suficientes autonomías
regionales, acordes con el mosaico diverso que es nuestro
país.
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