La
investigación “Habitantes de la calle”,
desarrollada por la Cámara de Comercio de Bogotá,
hace una distinción que designa un fenómeno
sociológico indiscutible entre la gente de
la calle, que allí vive, duerme y encuentra
un territorio más vivible que en la casa y
entre la gente en la calle, que deriva sus ingresos
de ella.
En ambos casos,
la vida de y en la calle, implica y significa riesgos,
aflicciones. Quienes sobreviven a ella se convierten
en héroes. La palabra es clara: la vida en
la calle es guerra, hay enemigos, y la ley no titubea:
“o matas o te matan”. La calle plantea
un escenario en donde la guerra es por la supervivencia...
por
Danilo Moreno H.
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“Quería
probar la calle, quería aventurar. Mi mamá
era bazuquera casi no nos ponía cuidado. Empecé
a vender dulces en los buses. Salí de casa porque
no me aguantaba tantas peleas |

Fotos Chano |
Allí
se hace explícita esa moral invertida que crea la sociedad
y aun siendo una moralidad negativa, se van aceptando como
acciones normales: matar, robar o prostituirse. Las acciones
son agresivas contra el otro, contra el ciudadano que marca
una distancia y que a diferencia de ellos hace parte de la
vida urbana.
“Nos paramos en la séptima con 26, buen sitio
para la vuelta. Una compañera distrae a la gente y
yo le echo mano a lo que lleven. Los celulares pagan bien...
pues imagínese un “pirobo” de esos hablando
por teléfono y en mi casa los niños aguantando
hambre... eso no puede ser”...
Independientemente de los valores o los antivalores que la
vida en la calle genera, la calle es, sin duda, un espacio
de autoformación espontánea. Se transforman
todos los referentes de la vida. Por esta razón la
calle crea su propio lenguaje; la gente de y en la calle rebautiza
las palabras y crea otras con las que instaura un sistema
de comunicación único. Se invierten los valores
y también el lenguaje.
Las palabras resignificadas o inventadas se convierten en
códigos cerrados a través de los cuales el habitante
de la calle excluye a los demás, de alguna manera es
una de las muchas respuestas a la exclusión de la que
él es víctima. Las palabras partidas se confunden
con las señas corporales que contribuyen a esa forma
cerrada de comunicación.
Del lenguaje a la forma en que se enfrenta la velocidad de
la vida, porque para el habitante de la calle el único
tiempo que importa es el presente. El pasado tiende a ser
negado por las dificultades vividas y el futuro es una utopía,
planearlo carece de sentido. Por eso se vive en función
de lo inmediato, la vida se pone en riesgo todo el tiempo,
las actividades que logran esta intención atraen. Lo
poco que se consigue, en términos económicos,
se consume con rapidez; en últimas, es una lucha por
mantenerse con vida.
Siendo la supervivencia la condición fundamental de
la calle, quienes logran mantenerse y desarrollar las mayores
defensas, aquellos que acumulan una gran experiencia carcelaria
y proyectan una imagen valerosa, se convierten en héroes,
en seres sublimados que infunden respeto y se hacen merecedores
a la denominación de guerreros.
Los guerreros son personajes que logran respeto dentro del
grupo, por su osadía, su coraje y el especial conocimiento
y bagaje de experiencias en la vida callejera. Saben moverse
y, sobre todo, saben actuar en el momento preciso y de la
manera adecuada. Aprenden a desenvolverse en una guerra permanente
que no cesa y cuyo único objetivo es mantenerse vivos.
“Lo que usted está viendo ahora de día,
todo elegante, por las noches se transforma, el diablo se
apodera de la calle y todo se pone caliente. Usted ve a “peladitos”
disparándose de poste a poste con un “changón”(arma
de fuego). La nota empieza cuando, como a las siete, después
de una bazuquiada o de lo que sea, empiezan a llamarse: ¡Fulanito
de tal... no sea... no se esconda... y los otros contestan:
aquí los esperamos... y al rato empiezan los disparos”...
Hay mujeres y hombres guerreros, personas ágiles que
han perdido el miedo a todo y a todos. Saben responder o producir
agresiones cuando lo consideran preciso. Sin embargo, ser
guerrero se logra con el tiempo y el cúmulo de experiencias,
que se hacen más firmes cuando sobrepasan la edad promedio
de los jóvenes de la calle. Aquellos que logran la
hazaña de los 35 años o más, ya tienen
ganado el título de guerreros de la calle.
Pese a ese logro simbólico de alcanzar la denominación
de guerreros, el sentimiento de marginalidad no desaparece.
Por el contrario, se asocia a un resentimiento frente a quienes
contribuyeron en su proceso. Los sentimientos como la envidia
y el rencor son el reflejo de saber que se está seco
por dentro. Por eso desconfían de la sociedad que les
ha hecho creer que son inferiores y que su única fortaleza
reside en la agresividad.
En últimas, esta forma de ver la vida es la consecuencia
lógica de una cadena que tiene un origen claro. Los
hijos de la calle provienen de los tugurios; hijos de la prostitución,
en muchos casos, o de relaciones fugaces, de embarazos no
deseados. Hijos de la no-familia, que utilizan la violencia
como mecanismo para prolongar sus vidas.
La idea del castigo aparece como lugar común en las
historias de vida de la gente de la calle. Se les castigaba
por no conseguir la cuota diaria de dinero, o por no limpiar,
o por no obedecer los caprichos de padres que en muchas historias
son referidos como drogadictos (bazuqueros). Así, la
idea de castigo se reproduce en las nuevas relaciones sociales
que se instauran. Se castiga, por ejemplo, al sapo, al faltón,
y en muchos casos, el precio es la vida. Bajo otras reglas
y otros valores, se crea la ley de la calle que sorprende
por su salvajismo.
Los problemas derivados de una infancia llena de maltratos,
de castigo y de rechazo, se manifiestan en personalidades
en las que las ansiedades, las obsesiones, las compulsiones,
las fobias, son parte integral de su forma de asumir el mundo.
Por eso detrás de la imagen del guerrero se esconden
miedos y frustraciones, que para ser encubiertas pasan por
su negación absoluta a través de estrategias
como la agresividad permanente.
La guerra empieza entre los cinco y los diez años,
y la mayoría lo hace guiado por alguien con más
experiencia. En casi todos los casos, el factor económico
representa un ingrediente fundamental. Se gana dinero vendiendo
cosas en los buses o en la calle, robando o pidiendo, creando
expectativas que representan el opuesto de la miseria que
experimentan en las casas. Para otros, la guerra es más
difícil de soportar: son explotados sexualmente y una
vez explotadas o explotados, el camino es la prostitución
que empiezan a ejercer entre los 10 y los 11 años,
actividad que les produce más ingreso que otras, pero
en la que corren todo tipo de riesgos.
“Yo empecé con uno de mis hermanos mayores. Él
ya llevaba unos añitos dando vueltas y cada vez que
nos encontrábamos me decía que cuando me le
pegaba.
Hasta que un día el más grande de la casa, el
mayor de mis hermanos, me cascó, entonces me le pegué
al otro y empecé a andar con los del parche; que fueron
como una familia”...
Para cada uno de estos guerreros, por lo general, el vínculo
familiar que perdura es el que se instaura con la madre; a
ella se le visita y se le da dinero cuando se logra hacer
una “jugada importante” que les permita el excedente.
“Cada vez que nos robábamos algo importante,
yo pasaba a donde mi cucha para dejarle algún detallito,
a veces se lo tiraba por la ventana para que mi padrastro
no se diera cuenta y no le fuera a quitar lo que uno le llevaba”...
Para procurar su supervivencia, el guerrero utiliza sustancias
psicoactivas. En Bogotá las más utilizadas son
el bóxer, la marihuana y el bazuco, convertidos en
los estimulantes de un ritual frecuente en la vida de y en
la calle. Quien quiere permanecer en ella, debe adaptarse
al modelo y repetir el ritual.
El precio de entrar a formar parte del parche, exige la pérdida
de identidad del sujeto, obligado a entregar su nombre para
pertenecer de una manera invisible a la masa desorganizada.
Esconderse bajo un sobrenombre es ocultar el pasado; lo que
no se quiere volver a ser, lo que nunca se logró consolidar.
En ese sentido la calle rebautiza y entrega una nueva identidad
que alude a una habilidad o a un defecto. Pero, finalmente,
lo único importante es esconderse, sentirse miembro
de un grupo social único, dentro de una ciudad que
sabe de la existencia de los guerreros, pero se empeña
en negarlos.
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