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El
primer semestre del año 2003 todavía no ha terminado,
pero toda América Latina –para no decir todo
el mundo–, mantiene los ojos abiertos a las acciones
del gobierno brasileño encabezado por un metalúrgico
y sindicalista, el presidente Luis Inácio Lula da Silva
Los
desafíos de Lula en un Brasil en reforma
A pesar de ser la novena economía del mundo y tener
un PIB de US$700 mil millones, el mayor del bloque latinoamericano,
Brasil es uno de los países cuyos índices de
desigualdad social y pobreza son los más significativos,
lo que exige de cualquier gobierno cambios y ajustes estructurales
que promuevan la justicia social con redistribución
de renta y riqueza, con elevación de índices
de desarrollo humano y bienestar social. Por eso, Brasil enfrenta
como urgencia y desafío mayor la necesidad de reformas
estructurales para democráticamente elaborar e implementar
políticas públicas de combate a las disparidades
sociales para, al menos, armonizar sus políticas y
elevar sus índices a los patrones más altos
de la región.
El plan de gobierno de Lula, en este sentido, define justamente
como una orientación estratégica de gobierno
que “los problemas fundamentales a ser enfrentados son:
la concentración de renta y la riqueza, la exclusión
social, la baja creación de empleo y las barreras para
la transformación de las ganancias de productividad
en aumento de rendimientos de la gran mayoría de las
familias trabajadoras.
Este desafío es la traducción en el plan de
acción gubernamental de las propuestas de políticas
públicas llamadas “las cinco reformas prometidas
por Lula en su campaña presidencial” y cuyos
puntos esenciales ya están en discusión en el
Congreso Nacional. Son la Reforma de la Seguridad Social (previdencia),
la Reforma Tributaria, la Reforma Laboral, la Reforma Política
y la Reforma Agraria. Estas reformas están siendo intensamente
negociadas y debatidas en todo el país, pues pasan
por significativas alteraciones en la Constitución
brasileña.
La Reforma de la Seguridad Social busca evitar un colapso
financiero inminente desde años, pues con 15 millones
de pensionados para pagar y con un déficit crónico
anual de 35 mil millones de reales, el gobierno enfrenta la
resistencia de los servidores públicos, en medio de
ellos están mezclados tanto los llamados “marajá”
(que reciben estos altos beneficios), los profesores y los
demás pequeños funcionarios cuyos salarios son
magros y están congelados desde hace ocho años
y que reciben mensualidades de hasta R$80.000, o sea US$26.600,
en un país donde más de 24 millones viven con
un salario mínimo mensual de R$240, equivalente a US$
80.
Las distorsiones resultan del hecho de que menos del 1% de
los pensionados (75.000 personas, muchos de ellos sin cumplir
todavía 60 años) reciben en total R$3.7 mil
millones, casi dos veces los 1.9 mil millones necesarios para
pagar los 8 millones de pobres mayores de 60 años que
reciben un salario mínimo.
La Reforma Tributaria en Brasil siempre fue un factor de desigualdad
social por tener una carga tributaria perversa que de 1993
a 2002 pasó de 25 a 32% del PIB, la más elevada
en el conjunto de los países de renta mediana, lo que
reduce las posibilidades de aumento de empleos, la primera
y más apremiante de la lista de demandas populares
en todas las expectativas de la población. De hecho,
en un país donde es difícil combatir la evasiónfiscal,
el gobierno siempre castigó al pueblo más pobre
haciendo el ejercicio más fácil: aumentar los
impuestos. Pues, desde 1993, los sucesivos aumentos en la
recaudación de impuestos no fueron el resultado del
crecimiento económico ni de la eficiencia en la recaudación,
sino el resultado del aumento de alicotas, de la creación
de nuevos impuestos y de la tasación de todas las actividades
económicas del país.
Lo que tiene una incidencia directa sobre la situación
de los trabajadores y pone en la agenda nacional la urgencia
de una Reforma Laboral para generar más empleos y hacer
justicia social. Y, basta analizar las cifras y conocer la
estructura arcaica de los sindicatos creada en los años
70 para sentir la aguda crisis que vive el mundo del trabajo
y entender por qué el presidente Lula, que es fruto
de este sistema, vive angustiado en cuanto no se corrijan
estas injusticias sociales históricas tan alarmantes.
El nivel de desempleo en São Paulo, el mayor centro
económico del país, llegó a 20% de la
población económicamente activa.
El Instituto de Estudios sobre el Trabajo y la Sociedad (IETS)
utiliza datos oficiales del IBGE (Instituto Brasileño
de Geografía y Estadísticas), el mayor órgano
oficial del país, para probar que, a pesar de que el
gobierno registre gastos sociales de R$135 mil millones por
año, de 1996 a 2000 la tributación de los más
pobres aumentó en cuanto diminuyó para los más
ricos. Pues, con el pretexto de la creación de empleos,
que a su vez no registró aumentos significativos, el
gobierno eliminó en 1995 la alicota del 35% que incidía
sobre los más altos salarios y diminuyó de 25
a 15% el impuesto sobre el lucro de las personas jurídicas,
por un lado. Por otro lado, la recaudación del impuesto
de renta pago por los trabajadores aumentó de 68% y
se congeló la tabla de impuesto de renta de personas
físicas, lo que tiró millones de empobrecidos
y personas con renta baja de la faja de exención. Así,
si en 30 años, la alicota de los empleadores aumentó
del 3 al 20% y la de los pequeños empleados (que ganan
de uno a tres salarios mínimos) aumentó de 3
a 8%, el 62% (o sea 39.5 millones) de los 64 millones de trabajadores
del sector privado quedaron fuera del alcance de la asistencia
social. Así, se constata que lo mismo con la existencia
de impuestos o contribuciones sindicales, el propio sistema
tributario, laboral y de asistencia social está en
la base de la creciente evasión de la seguridad social,
causando por lo tanto más desprotección social
justamente de los más pobres.
La reforma política responde a la necesidad de corregir
multitud de distorsiones del sistema político brasileño.
Por ejemplo, pretende suplir la falta de representatividad
política de la sociedad, aumentando la participación
de las mujeres (55% de la población con menos de 8%
de representación política), de los afro-descendientes
(40% de la población con menos de 10% de representación)
y de los económicamente más pobres que son 54
millones de brasileños con menos de dos salarios mínimos,
o sea 30% de la población que son totalmente invisibles
políticamente. Para disminuir el control y el dominio
del sistema electoral por los todopoderosos centros financieros
y grupos sociales más ricos económicamente,
la reforma política propone financiar todas las campañas
electorales con verbas públicas. Quiere también
combatir la falta de fidelidad partidaria y el descrédito
creciente de los partidos políticos así como
la corrupción electoral expresada en el llamado “compra
de votos” institucionalizando el control social del
sistema electoral y político en general.
Tras una historia marcada por el latifundio y la lucha permanente
de trabajadores campesinos como del Movimiento de los Trabajadores
Rurales Sin Tierra - MST, el tema de la reforma agraria considerada
necesaria y urgente en un país de hambrientos y desempleados,
está presente en la agenda de todos los gobiernos que
Brasil ha tenido en los últimos veinte años.
Pero es con Lula que se esperan acciones de mayor impacto
con más asentamientos familiares y una política
agrícola que se preocupe con la agricultura familiar
y de cooperativas. El MST entregó en noviembre de 2002
al presidente recién electo un programa mínimo
para la acción del gobierno en el tema de la reforma
agraria. El nombramiento de Miguel Rossetto como ministro
del desarrollo agrario representa desde luego una señal
de que la reforma agraria debe avanzar más que en otros
gobiernos, por la afinidad de Rossetto con el MST. Lula afirma
que la reforma agraria, el incentivo a la agricultura familiar,
el estímulo al cooperativismo, al micro-crédito
y la educación básica son metas esenciales para
el éxito de su novedoso programa “Hambre Cero”
que combina acciones de emergencia con acciones estructurales.
Es temprano, estamos esperando todavía.
En un país que aprendió a seguir las noticias
sobre la cotización del dólar y las negociaciones
con el FMI, el lanzamiento del programa “Hambre Cero”
buscó y logró subvertir las pautas, poniendo
la cuestión social en evidencia y, de esta manera,
exigiendo de varios sectores sociales el compromiso de poner
fin si no a la pobreza, por lo menos al hambre. Ya que la
realidad trae datos alarmantes: en Brasil, 1.2 sobre 10 millones
de personas, o sea 14% de la población, viven debajo
de la línea de pobreza y con problemas de nutrición.
El pueblo exige al gobierno enfrentar muchos otros problemas.
Pero, dos ya están desafiando la autoridad pública.
Son la corrupción en la administración pública
y el tema de la violencia. El Estado de Río de Janeiro
es paradigmático en ambos desafíos. Desde el
comienzo de 2003 siguen denuncias y procesos contra fiscales
del gobierno que tienen gran cantidad de dinero en cuentas
de bancos suizos con clara participación de órganos
de gobierno en el “esquema”, implicando en investigaciones
de la Justicia a la actual gobernadora Rosinha, esposa del
anterior gobernador y actual secretario de Seguridad Pública,
Anthony Garotinho (que concurrió a la presidencia contra
Lula). Él asumió esta secretaría a finales
de abril por la total falta de control del Estado de Río
sobre los policías corruptos y los actos de las redes
de tráfico de drogas: asesinatos de jueces, incendios
en autobuses, bombas jugadas en hoteles de la ciudad, además
de la constante violencia en el control de las favelas de
Río. El “crimen organizado” aparentemente
tiene el control del Estado de Río de Janeiro y, por
lo menos inicialmente, el gobierno del estado –que tiene
la responsabilidad constitucional de la seguridad pública–
mostró algunas resistencias para aplicar las políticas
públicas de seguridad y de combate a la violencia del
gobierno Lula.
En busca de un proyecto para el hemisferio
Si en el contexto nacional Lula enfrenta grandes desafíos
para concretizar reformas económicas y sociales, el
contexto interamericano le ofrece el desafío de asumir
el liderazgo que ha generado expectativas desde el resultado
de su elección. En la agenda está la conducción
del ALCA y la implementación del MERCOSUR. Con la vicepresidencia
del comité de negociación, el gobierno brasileño
definió en reunión del gabinete ministerial
una agenda estratégica de negociación para fortalecer
la posición de los países del MERCOSUR. Mientras
desarrolla acuerdos bilaterales (siguiendo el formato de Chile
con EUA) con otros países del continente como México
y el propio EUA, con Europa (Portugal, España, Rusia)
y con la propia Unión Europea, además de África
y Asia, el gobierno de Lula decidió hacer todo para
negociar el ALCA de forma colectiva, en nombre del MERCOSUR,
defendiendo los intereses comerciales y estratégicos
de estos países y exigiendo el desmonte de las barreras
y subsidios que protegen la economía de los Estados
Unidos.
Consciente de la intensa diplomacia comercial exigida por
una diversificación y ampliación de la pauta
de comercio exterior y de los mercados internacionales, el
gobierno de Lula dio “prioridad al MERCOSUR y a la integración
económica del hemisferio suramericano y a la actuación
junto a la OMC en la búsqueda de equilibrio en el ALCA
y en las negociaciones del MERCOSUR con la Unión Europea,
sin olvidar la construcción de relaciones bilaterales
con países de grandes mercados de consumidores”.
Sin embargo, tanto el MERCOSUR y el ALCA en cuanto las negociaciones,
sea MERCOSUR– Unión Europea, las bilaterales
u otros bloques, todos deben trascender la dimensión
exclusivamente económico-comercial y de ratificación
de acuerdos multilaterales para ampliarse a un proceso de
integración democrática con fuerte participación
social popular y una indisociable dimensión socio-ambiental,
cultural, política y de garantía de los derechos
humanos, económicos, sociales y culturales.
Es interesante verificar, por ejemplo, acuerdos como los realizados
por Lula y Chávez en Recife, Brasil, en abril de 2003.
Además de acuerdos comerciales, el gobierno brasileño
se comprometió en enviar profesionales brasileños
a Venezuela para que, a través de una cooperación
técnica, el país pueda diversificar su economía
tan dependiente del petróleo.
Después de firmar el TLCAN, la estrategia de EUA para
asegurarse el control total del continente al negociar individualmente
con cada país (como en el caso de Chile), al mismo
tiempo que busca globalmente avanzar con el ALCA junto con
negociaciones subregionales con el Caribe, los países
del Pacto Andino, Centroamérica, Cono Sur.
Acuerdos con el MERCOSUR son evidentemente más difíciles
para los Estados Unidos, ya que los gobiernos de Argentina
y del Brasil no sólo buscan negociar con la Unión
Europea, como también se proponen negociar más
desde la búsqueda de intereses nacionales de sus economías
en el mercado estadounidense. Por eso, la opción por
una estrategia de diversificación del acceso a los
mercados internacionales y de fortalecimiento de la unidad
de los países latinoamericanos constituye la única
alternativa de supervivencia, de soberanía y de preservación
de la libre autodeterminación de los pueblos del continente.
Contando con el fuerte interés de la Comunidad Europea
en la aproximación de algunos países del hemisferio
y consciente de los riesgos, restricciones y presiones, el
Brasil de Lula está dando algunas señales explícitas
mostrando que entiende y asume un papel fundamental en ayudar
a los países latinoamericanos a superar los conflictos
internos de intereses subregionales para, unidos, trabajar
en la construcción del bloque latinoamericano.
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