Peregrinación
de una paria

Flora
Tristán
Villegas editores
366 páginas |
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Una
mujer sola contra el mundo
Si hubo alguien que decidió no ejercer su condición
de mujer para lamentarse de las tragedias que la vida le iba
poniendo a cada paso, esa fue Flora Tristán. Hija ilegítima
por un equívoco de sus padres, un matrimonio mal avenido,
la huida del desastre marital, el abandono de sus hijos, el
viaje al Perú a casa de su tío para reclamar
la fortuna que le correspondía, la bala que se alojó
en su hombro izquierdo después de que su marido le
disparara a quemarropa en una calle de París, eso y
mucho más, podría amedrentar a cualquiera, menos
a Flora Tristán que era dueña de un espíritu
indomable, con el que recorrió medio mundo en busca
de sus sueños.
Peregrinaciones de una paria, además de ser el memorial
de su aventura en Sudamérica, es también la
bitácora del nacimiento de una mente crítica,
inconforme con el papel segundón que las diferentes
sociedades le imponían a las mujeres de esa época.
Flora Tristán encarnará una de las primeras
voces que se levantará en contra de la opresión
de un sistema que ya no encaja en un mundo que apenas despierta
a las revoluciones sociales. Mucho después escribiría:
Necesidad de dar buena acogida a las extranjeras, Mephis o
El Proletario, Paseos en Londres, La Unión Obrera,
La Emancipación de la Mujer.
Feminista, social, solidaria; las desgracias propias la inclinaron
sobre la opresión ajena, porque el dolor acaba solidarizándose
con el dolor. Pero eso sería mucho después,
ahora en este diario, la joven Flora es un enredo de sentimientos
contradictorios, secretos guardados e ilusiones de libertad.
“Que la libertad no existe si no en la voluntad. Quienes
han recibido de Dios una voluntad fuerte que les hace sobreponerse
a todos los obstáculos son libres. Mientras que aquellos
cuyo débil deseo se cansa o cede ante las contrariedades,
son esclavos y lo serían aún si la caprichosa
fortuna les colocase sobre un trono”, afirmará
Flora alguna vez ante alguien ya conforme con su suerte. Tiene
razón, la libertad como la patria son estados internos
que desbordan los límites impuestos por las naciones.
Es esa búsqueda individual, la condición de
paria, la insatisfacción de pertenecer a una sociedad
indolente, la que forjará un pensamiento irreductible
que no se dejará comprar a ningún precio.
Mil veces caerá Flora Tristán ante las injusticias
que le reserva el mundo y siempre se alzará, con la
cabeza en alto, para decirle a ese mundo que ahí está
ella, dispuesta a enfrentar el único destino posible,
el destino que tiene entre manos, el destino que se impuso
recorrer, así sea fracaso tras fracaso.
El
paraiso en la otra esquina

Mario
Vargas Llosa
Alfaguara
485 páginas
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Las
rutas del Paraiso
Además
de los vínculos de sangre, Flora Tristán y Paul
Gauguin, tuvieron la decisión común de arrancarse
la costra burguesa para ir detrás del paraíso
que cada cual había imaginado. Ella, la abuela, después
de un viaje al Perú de donde regresó con una
victoria pírrica en casa de la familia paterna, se
internará en una gira por toda Francia para constituir
la Unión Obrera, sociedad acorde con las doctrinas
y filosofías de la nueva modernidad. Él, el
nieto, hastiado por la decadencia de la civilización
occidental, continuará la búsqueda de un arte
primitivo desde Panamá y Martinica hasta el desembarco
en las costas de la Polinesia Francesa.
Vargas Llosa entrecruzará la historia de estos dos
personajes, un capítulo tras otro, desnudando sus conflictos
interiores ante una sociedad contaminada de prejuicios raciales,
culturales y religiosos. Ella, Madame-La-Colére, apodo
que designaba su carácter volátil cuando escuchaba
alguna imbecilidad atávica, como aquella vez en que
un obrero le dijo que era bueno que existieran los ricos,
para que los pobres pudieran acceder al paraíso cristiano.
Él, Koke, la vocalización más cercana
que la lengua maorí pudo tener de aquel nombre francés
de espíritu inquieto que perseguía un arte fundamentado
en el salvajismo y el primitivismo de los aborígenes
tahitianos.
La pluma de Vargas Llosa, pincel que retrata el colorido y
las formas de los cuadros que surgen desde la mente de aquel
diablo atormentado por la sífilis, magistralmente combina
el proceso de creación pictórico con las luchas
por desprejuiciarse de los cánones occidentales para
lograr la expresión por la que lo felicitó Van
Gogh en Clichy: “Ésta es la gran pintura, sale
de las entrañas, de la sangre, como la esperma del
sexo… Yo también quiero pintar mis cuadros con
mi falo. Enséñame, hermano.”
Dos vidas intensas inmersas en una sociedad absurda que castigará
cualquier intento de rebelión. Dos vidas desgarradas
por los infortunios que les reservó la vida. Dos vidas
que se sacudieron los lastres impuestos para enrutarse a sus
propias “patrias elegidas con cuerpo y alma”.
¿Lo lograron? No importa, al menos lo intentaron a
costa de ellos mismos en un mundo en donde “la historia
vivida era un mamarracho, y, la escrita, un laberinto de embelecos
patrioteros.”
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