| El
trámite simultáneo de una reforma política
que cambió
42 artículos de la Constitución y de un referendo
que decepcionó en su contenido a sus propios progenitores,
llevó a un choque de iniciativas que condujeron
a importantes sectores a recomendar la opción
parlamentaria en lugar de la plebiscitaria.
por
Camilo González Posso |
En
las circunstancias creadas, aún sectores fines al Presidente
pensaron que sería mejor hundir el referendo y promover
que los temas políticos se separen de los de hacienda
pública para que el Congreso y la sociedad asuman con
seriedad la discusión de los cambios propuestos al
ordenamiento institucional. Las urgencias fiscales podrían
atenderse con otros instrumentos que ofrece la Constitución
y la Ley, sin necesidad de someter a los ciudadanos a un procedimiento
lleno de letra menuda.
No hay duda de la urgencia de cambios en las normas y costumbres
políticas. Los problemas están en el qué
y en el cómo. La necesidad de la reforma ha sido señalada
por académicos y políticos de diversa y hasta
contradictoria filiación. Entre las tareas inconclusas
de la Asamblea Constituyente de 1991 se ha reconocido la que
concierne a la democratización del régimen político,
como se constató con la recomposición del clientelismo,
la permanencia del sistema patrimonial de apropiación
de lo público y la crisis de los partidos políticos,
de las instituciones representativas y de la organización
territorial.
A esos temas de frecuente referencia se agregan otros igualmente
significativos para la arquitectura democrática de
cualquier sociedad, como el oligopolio de los medios masivos
de comunicación y de los sistemas de transmisión
de datos, la falta de control al monopolio o a la posición
dominante o a la indebida injerencia de los grupos económicos
legales y de las mafias en los poderes del Estado. Y como
si fuera poco, el Presidente Uribe ha colocado sobre el tapete
un replanteamiento de los principios de Soberanía Nacional
al inclinarse por la transnacionalización de la lucha
contra el terrorismo y el narcotráfico y por un criterio
de soberanía limitada al servicio de la “seguridad
democrática”.
Desafortunadamente, el texto de referendo que se aprobó
en la legislatura de 2002 y se piensa llevar a consideración
de los ciudadanos en el transcurso de 2003, minimizó
la agenda de la reforma política y se orientó
a un salpicón de materias que combinan acomodos de
la llamada “clase política” con el Ejecutivo
y avances para el ajuste fiscal que pactó el Gobierno
con el FMI.
Los contenidos de la reforma
Para
ayudar a la confusión general, y mientras la atención
nacional se concentraba en otros asuntos, el Gobierno y una
heterodoxa amalgama parlamentaria promovieron el Acto Legislativo
de Reforma Política, que además de repetir,
corregido y aumentado, casi todo el articulado del referendo,
introduce otros 30 artículos.
El complemento de temas a los contenidos en el referendo abarca
la afiliación única a partidos y movimientos,
la organización por bancadas, el mínimo de votos
o firmas para crear y mantener la legalidad de organizaciones
políticas, la financiación estatal de las campañas;
también incluye los derechos de la oposición
a la crítica, uso de medios y réplica, el concurso
de méritos y la carrera administrativa para todos los
servidores públicos, moción de censura a altos
dignatarios aprobada por mayoría absoluta del Congreso,
moción de urgencia para proyectos de iniciativa popular,
restricciones a la objeción presidencial a leyes, autorización
a congresistas para ser Ministros o Embajadores, inhabilidad
para ser Ministro a quien está al servicio de un gremio
o grupo a ser vigilado desde ese cargo, control a altos funcionarios
por parte del Congreso, obligatoriedad del voto; por otro
lado, está la formación del tribunal electoral
con Magistrados, candidatos a Contralor escogidos por concurso
de meritos, Auditor General para controlar al Contralor, Procurador
de partido diferente al del Presidente entre candidatos escogidos
por las Cortes, Defensor escogido de terna sin intervención
del Presidente.
En ese paquete de reformas se confunden buenas ideas para
modernizar la política, como la financiación
estatal de partidos, el fortalecimiento del Congreso y la
independencia de los órganos de control con respecto
al Presidente, con gabelas para los políticos y saludos
a la bandera en cuanto a oportunidad para nuevos partidos
o movimientos.
En la reforma política se “clonan” artículos
del referendo, supuestamente como alternativa a las vicisitudes
en el control constitucional o en los pronósticos sobre
una votación inferior al 25% del padrón electoral
que es necesario para su aprobación. Y para completar
se introducen cambios a los artículos del referendo
que contradicen definitivamente los anuncios sobre combate
al clientelismo y la corrupción, tales como el voto
preferencial en cada lista o la tramitología para dificultar
sanciones por incumplimiento, tráfico de influencias
o malversación de fondos.
El referendo impotable
La polémica que se viene haciendo al texto del referendo,
abarca asuntos de procedimiento en su trámite legislativo,
criterios sobre el Estado y la democracia, sobre las políticas
de ajuste fiscal o la estrategia punitiva antidrogas.
El pliego de cargos ha sido alimentado por críticos
de todas las vertientes, que incluyen entre otras afirmaciones:
• El procedimiento adelantado en el Congreso presentó
vicios, como los mensajes de urgencia que no caben para reformas
constitucionales; la falta de unidad de materia, la inclusión
de temas en la conciliación, como la prolongación
del periodo a los Alcaldes y Gobernadores o lo relativo a
la “dosis personal”; la redacción no imparcial
de las preguntas.
• La votación en bloque es antidemocrática
por la diversidad de materias, lo largo del texto y la indebida
presión sobre los ciudadanos para que diga sí
o no al conjunto. El referendo incluye sólo diez y
nueve opciones de respuesta, cuando en realidad en cada ítem
se tratan en promedio siete temas distintos, que no se relacionan
unos con otros necesariamente o que pueden aceptarse u objetarse
por separado. Son en realidad más de 100 preguntas
camufladas de manera tramposa.
• Muchas de las reformas al Congreso de la República
se pueden adoptar por mecanismos legislativos o reglamentarios
más expeditos.
• La reducción del número de senadores
y representantes, o el recorte en Contralorías y Personerías,
ha sido promovida con argumentos fiscales menospreciando los
criterios de ampliación de la democracia, de los controles
y defensa de los Derechos Humanos.
• El paquete de reformas a la política es muy
débil en el propósito de eliminar el clientelismo
y la corrupción. Por ejemplo, se aceptan salvedades
frente a sanciones a los corruptos cuando devuelvan lo robado
y se da a los parlamentarios un superpoder para decidir sobre
el presupuesto de inversión y su ejecución en
las entidades territoriales.
• La pregunta sobre eventual designación al Congreso
de la República de un número plural de representantes
de “grupos armados al margen de la Ley” que se
“encuentren debidamente vinculados a un proceso de paz”,
abre la posibilidad para las AUC, pero es inviable para la
guerrilla.
• La prolongación del periodo para actuales Alcaldes,
Gobernadores, Diputados y Concejales, que tiene pronóstico
reservado en el control de la Corte Constitucional, pasa por
encima de la democracia local al imponer con votos de unos
municipios los dignatarios en otros donde pueden estar mayoritariamente
cuestionados. Es una reelección sin soberanía
de los electores de la respectiva circunscripción.
• El referendo es más un plebiscito fiscalista
que una reforma política. Y aún en sus objetivos
fiscales se hacen cuentas alegres, pues la liquidación
de instituciones implica tiempos y costos que no han sido
considerados. Las medidas en cuanto a pensiones se meten antitécnicamente
en un solo bloque y se hacen mal las cuentas en lo relativo
a regímenes exceptuados.
• La reducción de los salarios propuesta durante
los años 2003 y 2004 es un contrasentido con la pretensión
de disminuir las desigualdades sociales que se incluyen como
uno de los subtítulos del texto de referendo. Además,
se descartan alternativas menos antisociales.
• El ajuste fiscal se dirige sobre todo a racionalizar
recursos al servicio de la guerra. La destinación del
llamado “ahorro” por los recortes, o de regalías
al gasto en educación o salud, no garantiza que se
aumente el gasto social, pues se recorta por otra vía
y se conserva la ineficiencia de los esquemas ultraprivatizadores
montados en la última década.
• Se mantiene el enfoque represivo en cuanto al consumo
de algunas sustancias psicoactivas y se persevera en la estrategia
de “guerra antidroga” que ha demostrado ser ineficaz
y contraproducente a escala internacional. El punto supuestamente
dirigido contra el narcotráfico penaliza en términos
indefinidos y misteriosos a los consumidores portadores de
una dosis personal.
Ante
el cúmulo de cuestionamientos los defensores del referendo
han insistido en los objetivos del programa de 100 puntos
de la campaña, pero denotan grandes vacilaciones. Unos
proponen, como el senador Pardo, que se hagan cursos por televisión
y educación anexa a los recibos del agua, o que se
programen elecciones en tres o cuatro fines de semana para
sortear la complejidad y largura del texto; otros, como el
Dr. Vargas Lleras piensan en voz alta sobre la opción
del acto legislativo en lugar del camino riesgoso de la búsqueda
de los 6.000.001 votos; el Ministro Londoño le sube
el tono a sus argumentos sobre un acto de fe contra el terrorismo
y el narcotráfico y repite las tesis con las cuales
defendió el proyecto original ahora maquillado hasta
lo irreconocible. Y para completar el cuadro, el ex Presidente
López, con el ánimo de ayudar al Presidente
Uribe, dice que no es un referendo sino un plebiscito, que
es anodino en materia política y desenfocado en lo
fiscal, pero que nada de eso importa porque en la mitad del
charco lo peor sería devolverse con el riesgo del descrédito
y la ingobernabilidad. (Algo así como su acostumbrado
acertijo: plebiscito o catástrofe).
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