Sueños de paz,
relidad de guerra
   

 

 

 

Los nefastos acontecimientos de dos guerras mundiales permitieron que las naciones se organizaran para mantener la paz y la seguridad internacionales. Regulando el uso de la fuerza y condenandolas violaciones al mutuo acuerdo, la Organización de Naciones Unidas se creó con el ideal de construir un mundo mejor, como la materialización del deseo universal de paz y prosperidad.


por Mónica Villamizar

A pesar de los esfuerzos de esta organización, de numerosas naciones, de otras instituciones internacionales y de la sociedad civil, la guerra en Irak no pudo impedirse. Sin embargo, la comunidad internacional no ha dejado de expresar su descontento frente a la acción de Estados Unidos y de sus aliados.

La desaprobación de la intervención en Irak se observa tanto en las declaraciones oficiales de jefes de Estado como en las manifestaciones que tienen lugar en diferentes países. En el caso de Europa, estas demostraciones populares se han dado no sólo en los países que siempre estuvieron contra el uso de la fuerza sino también en aquellos cuyos gobiernos decidieron apoyar la decisión del Tío Sam.

En Madrid, París, Londres, Roma y otras ciudades no necesariamente capitales, centenas, miles de personas han salido y continúan saliendo a las calles a manifestar contra la guerra absurda que omitió el consentimiento de los pueblos y de sus naciones. ¿Acaso se trata de una voluntad pacifista resultado de la violencia sufrida durante las dos guerras mundiales o de una acción propiciada por los intereses gubernamentales?

En una gran parte de casos, la mayoría de las personas que participan son jóvenes estudiantes, cuyas edades no superan los 25 años. Alexandra, una de las manifestantes, con tan sólo 16 años y estudiante de bachillerato tiene muy claras las razones de su forma de protestar: “No es justo que un país sea atacado por los Estados Unidos sin el aval de la comunidad internacional. Ningún pretexto justifica la locura del gobierno americano.”

Sus palabras y las de todos aquellos que han decidido exhibir su contrariedad, piden igualmente que la institución de las Naciones Unidas sea respetada. Sin embargo, lejos está el recuerdo de los conflictos mundiales que dieron origen a la constitución de dicha organización. Hoy, esas guerras están escritas en los libros de historia y no están relacionadas con la actitud, más independiente y racional, de la juventud.
Más que trágicos sentimientos de haber sido protagonistas de los enfrentamientos brutales del siglo XX, el acceso a la información y a la educación ha desarrollado en los jóvenes la capacidad de analizar autónomamente las crisis actuales. Dejaron de ser los miembros silenciosos e ignorantes de una sociedad en la que sólo los adultos expresaban abiertamente sus reivindicaciones.

Esta generación es consciente, hoy más que nunca, de que el futuro les pertenece y están de acuerdo en pensar que hay soluciones más inteligentes que la guerra. Saben los riesgos del conflicto armado y temen las consecuencias de un acto irresponsable. Sus manifestaciones no son organizadas por terceras personas, o por intereses políticos, son propias y vienen a sumarse a asociaciones e individuos que siguen creyendo en el poder de esta expresión popular.

Los otros participantes son de múltiples orígenes como trabajadores, militantes de causas humanitarias, pensionados, todos unidos bajo la misma motivación: rechazar la guerra y las incoherencias de un supuesto mundo “civilizado”.
De otra parte, no todas las personas han elegido esta forma de revelar su inconformidad frente al abuso del poder. La generación de más de 25 años, aunque no siempre considere que las manifestaciones tengan sentido después del comienzo de la guerra, piensa que es una buena manera de demostrar la opinión pública en general.

Isabelle, trabajando en una reconocida asociación internacional humanitaria, opina que la guerra actual “es una situación escandalosa, ya que no está justificada y sólo es propiciada por intereses económicos y estratégicos”. Aunque no ha podido participar en las manifestaciones, cree que ellas son una manera de hacer llegar a los gobiernos un mensaje de rechazo, al mismo tiempo que un aviso de la importancia y el poder de movilización de la sociedad civil y de la opinión pública.

Alexandra e Isabelle son dos de los tantos testimonios que reflejan esa opinión pública y representan la sociedad civil. Las dos, sin análisis complejos, ni repetidas descripciones de los actores del conflicto, están de acuerdo en decir que no es posible aceptar la dominación del mundo por Estados Unidos.

Paralelamente a una probable redistribución del planeta, al ultraje al derecho internacional y a sus instituciones, las manifestaciones aparecen como la expresión más básica de desaprobación mundial, pero sobre todo como la representación de un anhelo de paz en la tierra.


Las manifestaciones son la muestra pública de la posición tomada por la sociedad civil frente a la acción de gobiernos ajenos o propios en su desenfrenada conquista del poder por la guerra. Sin importar el escepticismo de los espectadores, ni la continuación de la problematica en Irak, ellas son un ejemplo contundente de la toma de conciencia de la realidad que nos incumbe a todos.

Sueño y realidad. Sueños de paz y realidades de guerra con un futuro incierto donde lo único seguro será la imposibilidad de ignorar la fuerza de la sociedad civil en la comunidad internacional y la importancia de su opinión en la construcción de la historia mundial.


 

 


 
 
 

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