Los
nefastos acontecimientos de dos guerras mundiales permitieron
que las naciones se organizaran para mantener la paz y la
seguridad internacionales. Regulando el uso de la fuerza
y condenandolas
violaciones al mutuo acuerdo, la Organización de
Naciones Unidas se creó con el ideal de construir
un mundo mejor, como la materialización del deseo
universal de paz y prosperidad.
A
pesar de los esfuerzos de esta organización, de numerosas
naciones, de otras instituciones internacionales y de la sociedad
civil, la guerra en Irak no pudo impedirse. Sin embargo, la
comunidad internacional no ha dejado de expresar su descontento
frente a la acción de Estados Unidos y de sus aliados.
La desaprobación de la intervención en Irak
se observa tanto en las declaraciones oficiales de jefes de
Estado como en las manifestaciones que tienen lugar en diferentes
países. En el caso de Europa, estas demostraciones
populares se han dado no sólo en los países
que siempre estuvieron contra el uso de la fuerza sino también
en aquellos cuyos gobiernos decidieron apoyar la decisión
del Tío Sam.
En Madrid, París, Londres, Roma y otras ciudades no
necesariamente capitales, centenas, miles de personas han
salido y continúan saliendo a las calles a manifestar
contra la guerra absurda que omitió el consentimiento
de los pueblos y de sus naciones. ¿Acaso se trata de
una voluntad pacifista resultado de la violencia sufrida durante
las dos guerras mundiales o de una acción propiciada
por los intereses gubernamentales?
En una gran parte de casos, la mayoría de las personas
que participan son jóvenes estudiantes, cuyas edades
no superan los 25 años. Alexandra, una de las manifestantes,
con tan sólo 16 años y estudiante de bachillerato
tiene muy claras las razones de su forma de protestar: “No
es justo que un país sea atacado por los Estados Unidos
sin el aval de la comunidad internacional. Ningún pretexto
justifica la locura del gobierno americano.”
Sus palabras y las de todos aquellos que han decidido exhibir
su contrariedad, piden igualmente que la institución
de las Naciones Unidas sea respetada. Sin embargo, lejos está
el recuerdo de los conflictos mundiales que dieron origen
a la constitución de dicha organización. Hoy,
esas guerras están escritas en los libros de historia
y no están relacionadas con la actitud, más
independiente y racional, de la juventud.
Más que trágicos sentimientos de haber sido
protagonistas de los enfrentamientos brutales del siglo XX,
el acceso a la información y a la educación
ha desarrollado en los jóvenes la capacidad de analizar
autónomamente las crisis actuales. Dejaron de ser los
miembros silenciosos e ignorantes de una sociedad en la que
sólo los adultos expresaban abiertamente sus reivindicaciones.
Esta generación es consciente, hoy más que nunca,
de que el futuro les pertenece y están de acuerdo en
pensar que hay soluciones más inteligentes que la guerra.
Saben los riesgos del conflicto armado y temen las consecuencias
de un acto irresponsable. Sus manifestaciones no son organizadas
por terceras personas, o por intereses políticos, son
propias y vienen a sumarse a asociaciones e individuos que
siguen creyendo en el poder de esta expresión popular.
Los
otros participantes son de múltiples orígenes
como trabajadores, militantes de causas humanitarias, pensionados,
todos unidos bajo la misma motivación: rechazar la
guerra y las incoherencias de un supuesto mundo “civilizado”.
De otra parte, no todas las personas han elegido esta forma
de revelar su inconformidad frente al abuso del poder. La
generación de más de 25 años, aunque
no siempre considere que las manifestaciones tengan sentido
después del comienzo de la guerra, piensa que es una
buena manera de demostrar la opinión pública
en general.
Isabelle, trabajando en una reconocida asociación internacional
humanitaria, opina que la guerra actual “es una situación
escandalosa, ya que no está justificada y sólo
es propiciada por intereses económicos y estratégicos”.
Aunque no ha podido participar en las manifestaciones, cree
que ellas son una manera de hacer llegar a los gobiernos un
mensaje de rechazo, al mismo tiempo que un aviso de la importancia
y el poder de movilización de la sociedad civil y de
la opinión pública.
Alexandra e Isabelle son dos de los tantos testimonios que
reflejan esa opinión pública y representan la
sociedad civil. Las dos, sin análisis complejos, ni
repetidas descripciones de los actores del conflicto, están
de acuerdo en decir que no es posible aceptar la dominación
del mundo por Estados Unidos.
Paralelamente a una probable redistribución del planeta,
al ultraje al derecho internacional y a sus instituciones,
las manifestaciones aparecen como la expresión más
básica de desaprobación mundial, pero sobre
todo como la representación de un anhelo de paz en
la tierra.
Las manifestaciones son la muestra pública de la posición
tomada por la sociedad civil frente a la acción de
gobiernos ajenos o propios en su desenfrenada conquista del
poder por la guerra. Sin importar el escepticismo de los espectadores,
ni la continuación de la problematica en Irak, ellas
son un ejemplo contundente de la toma de conciencia de la
realidad que nos incumbe a todos.
Sueño y realidad. Sueños de paz y realidades
de guerra con un futuro incierto donde lo único seguro
será la imposibilidad de ignorar la fuerza de la sociedad
civil en la comunidad internacional y la importancia de su
opinión en la construcción de la historia mundial.
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