En
materia de planeación el Gobierno Nacional, específicamente
el Departamento Nacional de Planeación, predica
pero no practica. Durante muchos años Planeación
Nacional ha realizado esfuerzos por mejorar la planificación
nacional y territorial, incluyendo obviamente la elaboración
de planes de desarrollo que sean coherentes y viables.
por Alberto Maldonado
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Estos
esfuerzos se enmarcan en un propósito de consolidar
un modelo de gestión pública orientada a resultados.
Esto implica que, tal como lo exige la Ley 152 de 1994, los
planes de desarrollo en su parte general se fundamenten en
un diagnóstico de la situación y fijen objetivos
y metas nacionales y sectoriales, los cuales se convierten
en punto de referencia para el diseño de las estrategias
y programas, y para el seguimiento y la evaluación
(ver en el recuadro las recomendaciones que el DNP formula
a las entidades territoriales).
La razón de ser de esta exigencia legal es muy clara:
cada gobierno debe precisar cuál es la situación
que encuentra y establecer públicamente hasta dónde
la va a modificar durante su período. Sin embargo,
en el caso de la política de descentralización
el plan de desarrollo se caracteriza por un diagnóstico
muy precario y por muy pocos objetivos y metas cuantificables.
Se trata, en buena parte, de un catálogo de buenas
intenciones.
El balance que hace el gobierno Uribe de los resultados alcanzados
por la descentralización es desfavorable. En la introducción
el documento señala que la situación del Estado
es preocupante por los problemas de corrupción, politiquería
e ineficiencia, e indica que “la descentralización
no ha reducido el despilfarro y no ha podido instaurar una
cultura de rendición de cuentas.” Indica que
aunque el gasto social ha aumentado en forma importante, los
resultados no han sido consecuentes con los recursos asignados,
especialmente en el sector educativo. En agua potable, simplemente
presenta los datos del año 2001, pero no presenta ningún
balance sobre la evolución.
Esta primera aproximación es bastante deficiente; el
documento debería especificar cómo ha sido el
comportamiento por regiones y municipios, así fuera
en un anexo, para poder entender las diferencias en cuanto
al desempeño municipal y no generalizar indebidamente.
Además, las metas deben ser la agregación de
las metas locales y departamentales. Es necesario también
explicar los factores que impidieron que se alcanzara una
mejor cobertura y sería muy conveniente comenzar ya
a explicar qué se ha venido haciendo con la Ley 715
de 2001 y cuáles son sus avances y sus resultados parciales.
El
capítulo sobre descentralización y ordenamiento
territorial es vago, tanto en el diagnóstico como en
las metas y objetivos. Lo mínimo que se espera es que
el órgano máximo de planificación del
país presente un diagnóstico que permita comprender
cuál es la situación actual en cada uno de los
temas considerados y cuáles son las razones que inciden
en dichas situaciones. Sin embargo, hay muy poco de lo segundo
y casi nada de lo primero.
El Plan considera que hay tres grandes problemas: serias deficiencias
en la democracia política local; insolvencia de las
entidades territoriales y deficiencias en la distribución
de funciones y en la capacidad de gestión; y deficiencias
del modelo de ordenamiento territorial. El diagnóstico
y las estrategias propuestas están organizados alrededor
de estos tres grandes temas.
En
el tema de la democracia política el diagnóstico
se desarrolla en unpárrafo de 80 palabras. Básicamente
dice el plan: que los ciudadanos no han asumido plenamente
sus derechos y deberes en materia política lo cual
se debe, entre otras cosas, a la ausencia de voluntad política
de los gobernantes para llevar a cabo una administración
participativa y transparente, a la falta de conciencia de
los ciudadanos, a deficiencias en los mecanismos e instancias
de participación y a las limitaciones que establece
el conflicto armado. Esto es todo.
Evidentemente hay algo de cierto en cada una de estas afirmaciones,
pero en la manera en que están planteadas son tan generales
que resultan poco útiles para diseñar una estrategia
de mejoramiento de la democracia local. ¿Es igual la
situación en todos los municipios?, ¿en ningún
municipio los ciudadanos han asumido sus deberes y derechos?
¿No hay experiencias de control social? ¿Cuáles
son las deficiencias de los mecanismos de participación?
¿Cuántos y cuáles municipios se ven afectados
por el conflicto armado?
Si el diagnóstico no es preciso, las propuestas de
intervención tampoco. El Plan presenta un catálogo
de ideas de acciones, la mayoría de ellas interesantes
y quizá muy relevantes, pero no hay ningún objetivo
ni meta concreta a alcanzar. Por ejemplo, se ofrece que se
diseñarán e implementarán sistemas de
información sencillos y confiables que puedan ser consultados
por los ciudadanos, pero no se dice cuántos, ni en
qué municipios, ni en cuánto tiempo. O impulsar
la conformación de veedurías o identificar focos
de corrupción y definir sistemas de control. Todas
son medidas necesarias, pero tal como están planteadas
parecen los resultados de un seminario sobre los problemas
generales de la democracia local y no un plan de desarrollo.
Adicionalmente, el Plan sostiene que la participación
activa y responsable de la comunidad debe comenzar desde el
nivel local y que las administraciones locales propenderán
por una participación eficiente y permanente mediante
diversos instrumentos. Pero el documento no dice qué
va a hacer el Gobierno Nacional para estimular a los municipios
a desarrollar estas actividades ni cuál es la cobertura
esperada de estas acciones.
Pero si en materia de descentralización política
llueve, en el campo de la descentralización administrativa
y fiscal no escampa. Todo el diagnóstico se despacha
en dos párrafos donde se afirma que hay problemas de
insolvencia de buena parte de los departamentos, distritos
y municipios y se incluyen las únicas cifras que trae
el texto: 364 entidades territoriales se encuentran en procesos
de saneamiento (22 departamentos y 342 municipios). De otra
parte, se plantea que la Ley 715 de 2001 aclaró las
competencias en los sectores de educación, salud y
saneamiento básico, pero que persisten problemas de
definición de competencias y rendición de cuentas
en otros sectores y servicios. Nuevamente, eso es todo. Las
acciones propuestas son, por tanto, generales: se apoyará
a las entidades territoriales que necesiten y soliciten programas
de saneamiento fiscal, se promoverán reformas legislativas
en las normas de endeudamiento, se racionalizará la
oferta de crédito y cofinanciación territorial
y se continuará con la racionalización de gastos,
en lo que respecta a los problemas de insolvencia.
Por otra parte, se considera que el sistema tributario territorial
es inadecuado y que la gestión es muy débil,
para lo cual se tramitarán reformas a los impuestos
territoriales y se solicitarán facultades al Congreso
para expedir un estatuto tributario territorial. En este caso
sí se fijan metas: los ingresos tributarios territoriales
crecerán el 23%, el 21% y el 16% durante los tres años
siguientes a su entrada en vigencia.
Finalmente, el Plan considera que hay problemas con la capacidad
de gestión de las entidades territoriales. El diagnóstico
es sintético y concreto: “A pesar de la descentralización
política, administrativa y financiera persisten problemas
de… baja capacidad de gestión de las entidades
territoriales.” Esta afirmación es indudablemente
cierta, pero tal como está formulada podría
aplicarse a una cantidad enorme de países o a la situación
del país hace diez años. Nuevamente, afirmaciones
tan generales sirven muy poco para orientar una estrategia
de fortalecimiento de la capacidad de gestión. Sin
embargo, esto no es obstáculo para que el Plan elabore
una lista interesante de muy buenas intenciones: redefinir
la asignación de competencias según las potencialidades
y requerimientos de diferentes tipologías de municipios
y departamentos, propiciar la cooperación entre los
diferentes niveles de gobierno, identificar y analizar experiencias
exitosas de asociación en la prestación de servicios,
diseñar y establecer un observatorio de la descentralización,
apoyar a las entidades territoriales con metodologías
de gestión pública transparente y eficiente,
mejorar los instrumentos y procesos de gestión técnica
y administrativa, y fortalecer la carrera administrativa.
Se trata de un catálogo de acciones generales sin objetivos
y metas por alcanzar.
El esquema anterior se repite con el tema del ordenamiento
territorial. Todo el diagnóstico se desarrolla en un
párrafo cuya conclusión central es la siguiente:
“Los avances de la descentralización y la evolución
de los procesos de desarrollo socioeconómico y político
han puesto en evidencia la rigidez de la organización
político–administrativa vigente.” Sin embargo,
el Plan no presenta por ningún lado evidencia alguna
y las acciones propuestas son listados de buenas intenciones.
Muy probablemente la vaguedad de la estrategia de descentralización
se debe a la carencia de recursos para llevar a cabo las acciones
enunciadas. Pero aún así el diagnóstico
debería aproximarse más a los parámetros
que el propio DNP les exige a las entidades territoriales.
Y si hay poca plata, debería fijar prioridades y concentrar
los escasos recursos en ellas.
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