Cuentan
los más viejos, al no poder precisar el momento
exacto del nacimiento de la vocación artesanal
de La Chamba, que el oficio se ha ejercido desde siempre.
Todavía existe alguien que recuerda a su abuelo,
Magdalena abajo, vendiendo múcuras en la ruta
hacia Ambalema.
por
Luis Barros Pavajeau |
Con el tiempo, la vocación se fue perfeccionando a
pulso de generación en generación hasta que
las lozas negras rebasaron los caminos de herradura hacia
El Espinal y El Guamo. Hoy por hoy, su alta calidad es reconocida
en el mercado internacional.
La Chamba, nombre que alude a una de las tantas batallas libradas
en las orillas del río Magdalena, en las épocas
en que se fraguaba la independencia. Vereda perteneciente
al municipio de El Guamo que sólo viene al recuerdo,
al momento de pagar impuestos. Población de 1.200 habitantes
que cada vez más estrecha lazos comerciales con El
Espinal.
En La Chamba el trabajo alcanza para todos. Desde los que
buscan la arcilla roja al otro lado del río, hasta
los encargados del pulimento con piedras ágatas.
Pueblo que hornea la expresión del barro desde el que
surgen vajillas, pesebres y mohanes. Cerámica que renueva
diariamente una y otra vez la tradición indígena
de los antepasados.
Ana
María (Anita) Cabezas: una vida sobre el barro
La
semilla del arte llegó por sangre materna. El resto,
la dedicación, la fue amasando con las presentaciones
en arcilla de los diferentes capítulos de la historia
de Colombia. A partir de allí, la vocación no
la ha desamparado a lo largo de sus casi ochenta años.
Ni más ni menos. Anita Cabezas lo sabe; el oficio del
barro es su vida. Claro que lo sabe; cuando su mente se encarga
de una obra, los contornos del mundo se desvanecen y ya no
hay sitio para ninguna otra cosa, que no sea el modelo que
pensó y repensó en el sueño de toda una
noche. Su primera exposición de aladinos, candelabros
y palmatorias le valió el primer puesto en el concurso
artesanal que propició la fundación de la primera
escuela de cerámica en el Tolima, donde dedicó
12 años a la enseñanza técnica de su
arte.
De eso hace mucho. Ahí está el diploma de Artesanías
de Colombia fechado un día de noviembre de 1941. Pero
el sentimiento, en cambio, lo guarda intacto; “el cariño
que siento por El Espinal se debe en parte a que puso la primera
mano sobre esta Chamba”.
Mención honorífica concedida por la Presidencia
de la República como profesora departamental de cerámica,
medalla de plata otorgada por la Universidad de Cartagena
por sus obras exhibidas en el ámbito internacional;
más galardones, más diplomas, más premios
y sí, más medallas. Anita viajó hasta
Canadá mostrando el arte de un pedazo de Colombia,
que paradójicamente sigue siendo olvidado por la desidia
política de turno.
Mientras tanto, el barro sigue allí, inquebrantable,
a la espera que manos, ojos, mente y corazón lo transformen
en arte. El arte que heredó, vivió y enseñó.
El arte por el que quiere ser recordada como un trozo de barro
en su tierra, cuando le llegue el día de alejarse de
los trajines del mundo.
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